
Guido Stein
Profesor del IESE y presidente de Eunsa
Publicado el 13-07-2010 por
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Vivimos momentos en los que hay que tomar decisiones importantes que sean la antesala de acciones que marquen un antes y un después en la vida económica y empresarial de nuestra sociedad. A menudo se pretende que la toma de decisiones empresariales sea absolutamente objetiva, sin mezcla de influencias subjetivas. Esta pretensión resulta vana, tanto porque no es posible como porque no refleja fielmente el modo en el que los directivos y empresarios personas deciden.
Así como cabe aspirar a un conocimiento objetivo y veraz del objeto de la decisión, algo muy distinto acontece con la decisión misma. Ahí incide la perspectiva del sujeto que decide, sus prioridades y deseos: ¿a qué aspira con la nueva inversión?, ¿y con los cambios en la retribución?, ¿por qué esos objetivos y no otros?
En las acciones que siguen a las decisiones se conoce a las peronas, pues ponen en juego lo que les importa, sus valores, con un orden de prioridad. Algo tan sencillo desde un punto de vista intuitivo como responder "¿qué espera de la vida?” influirá en las decisiones y acciones.
La afirmación "los negocios son los negocios" resumiría la opinión de quienes piensan que las decisiones empresariales no deben verse mediatizadas por opciones personales, y deben atender exclusivamente a consideraciones económicas. Según los que sostienen esta posición, así se obtendría una mayor claridad de juicio; y, por consiguiente, de acierto.
En sentido contrario, la afirmación de que "el comportamiento ético compensa" sintetiza la mentalidad de los que piensan que la probabilidad de acierto de una decisión, medido en términos de resultados económicos, aumenta si el decisor introduce entre sus criterios valores morales; por ejemplo, la honradez o la justicia. Ambas posiciones simplifican la realidad excesivamente. El primer intento de conseguir un clima aséptico resulta vano, ya que el carácter de un directivo, como de cualquier persona, se refleja y se forja a la vez en sus decisiones. Uno puede decidir de espaldas a lo que cree que debería de hacer, y atender sólo a razones puramente económicas, pero no por eso dejan de existir para él los otros criterios que no desea considerar ahora. Este proceso de adelgaza miento del peso de valores personales conduce a una lógica oportunista, que se mimetiza con las circunstancias.
Además, la experiencia muestra que los comportamientos éticos no llevan aparejados necesariamente buenos resultados económicos, ni tampoco malos.
Distinguir lo que es bueno de lo que es malo, hacer lo primero y evitar lo segundo, atiende a un afán humano que no se deja fácilmente supeditar a las consecuencias económicas que se generen por actuar en ese sentido; ¿o es que acaso un acto que se estima malo se justificaría porque la rentabilidad se multiplica?
En este sentido viene a cuento apuntar que el discurso acerca de la responsabilidad social de una firma ganaría en credibilidad –y en seriedad–, si se separase del impacto que tiene o no tiene en la imagen de la compañía.
Pesa mucho la subjetividad del decisor, y la valoración que se haga de ella. Y si no, que se lo pregunten a nuestros gobernantes.