¡Que venga el meteorólogo!

Publicado el 12-07-2010 por Pilar Cambra.

Gracias a los labradores que figuran en mi árbol genealógico creo que poseo un sexto sentido para detectar estados atmosféricos… Aunque ni "a veces –ni nunca– veo muertos", que conste.

O sea: debo a mis ancestros agricultores –los que se trabajaban el terrón, como quien dice; aquel mi tío Víctor que "del cielo aguarda/ y al cielo teme; alguna vez suspira,/ pensando en su olivar, y al cielo mira/ con ojo inquieto, si la lluvia tarda" como escribiera Antonio Machado– la extraña capacidad –rara en estos tiempos nuestros en los que nos pasamos más tiempo engolfados en la "realidad virtual" que en la "realidad real"– de saber algo sobre los signos de los cielos y la tierra, del mar y la Naturaleza que anuncian determinados fenómenos meteorológicos.

Por ejemplo: sé que determinado color y forma de las nubes en un atardecer de verano hablan de que, al día siguiente, mi Levante feliz se verá atacado por el temible viento Terral –que allí se llama Poniente– y que si ese viento no gira de dirección el primer día, el castigo –una atmósfera ardiente de la que sólo te puedes librar encerrándote en casa a cal y canto, como la oruga de la mariposa en su capullo de seda– durará, impepinablemente, tres jornadas seguidas… Y sé que, mientras siga la ponentá –como la llaman los lugareños– no puedes sumergir ni el dedo gordo del pie –derecho o izquierdo, tanto da– en el mar, –que en esos días está engañosamente liso, plano, brillante como una bandeja de porcelana azul– sin correr el grave riesgo de ser arrastrado hasta las profundidades.

Y sé, cuando el cielo se encapota y se pone plomizo, que si vuelan los vencejos en bandadas, dando giros como bailarines borrachos, se prepara una de no te menees: lluvia en abundancia.

Y sé –me lo enseñó mi padre, un apasionado espectador de este enfado atmosférico– a qué distancia está la tormenta contando los segundos que transcurren entre el resplandor del relámpago y el estallido del trueno.
Y hasta sé qué tonalidad tienen los nubarrones cuando sus vientres de algodón están cargados de granizo o de nieve.

Bueno: ya está bien de darme jabón… Lo que sé no es suficiente para decidir qué ropa y qué calzado me pondré al día siguiente. Por consiguiente presto muchísima atención a los "hombres del tiempo", a esos mapas con solecitos y nubecitas, a las líneas de isobaras, etcétera… Porque, ya te digo, "mujer (u hombre) prevenida (o prevenido) sobre la climatología vale por dos"; y, además, se libra de muchas sorpresas desagradables y de acabar la jornada mojada como una trucha o asada como un lechón…

Y lo que yo me pregunto –completamente en serio, de verdad– es esto: ¿por qué no hay "meteorólogos laborales"?... Me explico: existen expertos en pronosticar, barajando un montón de datos, los movimientos de la Bolsa, la viabilidad de un negocio determinado, el éxito o el fracaso de una campaña de promoción de producto… Pero, ¿qué pasa con la detección del "estado anímico" de las mujeres y los hombres que hacen, día a día, una empresa?, ¿es posible detectar nubes, vientos, isobaras, etcétera, que alerten de que el ambiente se va calentando, de que estallará la tormenta o, por el contrario, se mantendrán la calma y la serenidad?

A mí –tal vez por "contagio" de lo que ocurre con los signos del cielo– no me resulta imposible olfatear, olisquear, presentir, por ejemplo, que ese "estado humano/meteorológico" de la empresa se enrarece por momentos… ¿Signos? Proporciono unos cuantos a quien puedan interesar: 1) la susceptibilidad de los currantes crece por momentos; casi todo el mundo se siente agraviado, herido sin saber muy bien por qué; 2) se multiplican las envidiejas: "siempre soy yo el tonto de la oficina… ¿Qué habrá hecho esa para que le hayan encargado el trabajo al que yo aspiraba?"; 3) toda la jornada laboral parece teñida de tristeza; las sonrisas se hacen escasas, y las risas, inexistentes; 4) la irritabilidad está a flor de piel; basta una reconvención, por amable y cariñosa que sea, para que el reconvenido salte como una pantera de Bengala; y, además, las voces, el griterío alcanza un nivel de decibelios insoportable; 5) las tareas más comunes, fáciles, asequibles a todos los bolsillos, se transforman en un pesadísimo mundo poblado por marrones que no hay quien soporte… En suma: algo va a estallar… En concreto: la convivencia en la empresa se va a poner dificililla, pero que muy complicada…

¿Qué, cuál y cómo sería el pararrayos que nos librase de la tormenta?... Bueno: eso sería, precisamente, lo que debería aconsejar lo que yo he llamado –con mucho 'morro', lo admito– el meteorólogo laboral, la figura que echo en falta…
Pero si quieren que me tire a la piscina y me meta donde no me llaman, voy y digo que no conozco salvaguarda mejor para tales tormentones claramente anunciados que la conversación, el expresar los problemas con franqueza y sinceridad. Y el descanso: una abundante ración de calma chicha que aleje rayos y truenos.

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