EL TÓPICO

'Vuvuzelando'

Publicado el 28-06-2010 por Pilar Cambra.

El insufrible estruendo de las 'vuvuzelas', estrella de los comentarios y del anecdotario del Mundial de Sudáfrica –amén de lo deportivo, claro– me ha hecho pensar sobre el silencio.

Sí: muy exóticas, muy coloristas, muy interesantes las vuvuzelas… Sí: muy indicativas –hasta para el más despistado– de que el Mundial de fútbol se desarrolla en la maravillosa África… ¡Pero qué martirio de decibelios!
La verdad, sin embargo, es que yo también me he sentido intrigada, incluso un pelín atraída por estos instrumentos de viento que, según ciertos estudiosos de la barahúnda que organizan tales trompetillas, "aúnan el barritar del elefante con el zumbido de la abeja", ¡toma ya!

Hasta tal punto me ha pasmado la moda de vuvuzelar en los estadios sudafricanos que me he ido donde solemos acudir todos para saciar nuestra sed de saber más: a Wikipedia, obviamente… Y casi me ha hecho soñar, me ha fascinado lo que he leído; por ejemplo: "Una vuvuzela (término zulú, también conocida como lepanta en setsuana) es una especie de trompeta larga utilizada por los aficionados para animar a sus equipos, característica del fútbol sudafricano".

¿No suena esto a un párrafo de Las Minas del Rey Salomón? ¡Vamos!: una maravilla étnica, la dichosa vuvuzela… Lo malo es, precisamente, que no está hecha para comprarla como souvenir y colgarla en la pared del salón sino, exactamente, para barritar y zumbar a cuanto den los pulmones de los instrumentistas, que suele ser muchísimo.

No me extraña que los jugadores del Mundial estén de las vuvuzelas hasta donde no le es permitido escribir a una señora como yo… "No conseguimos oírnos entre nosotros durante los partidos", han dicho algunos de ellos… No me extraña que los espectadores de los encuentros en televisión hayan optado por quitar el sonido a sus aparatos… No me extraña que determinadas cadenas –como la BBC– hayan puesto a trabajar a toda máquina a sus técnicos de sonido para hallar un sistema eficaz de eliminarlas.

Y no me extraña porque, parafraseando a doña Belén Esteban, yo –si bien no "mato"– ¡¡¡pago por el silencio!!! Hasta el punto que, la primera noche que dormí en la casa que acababa de comprar –la anterior a esta donde habito ahora–, me sentí presa de la desesperación porque mi dormitorio se hallaba justo encima de la sala de calderas de la calefacción y hasta bien entrada la noche –rozando ya la madrugada– el "hilo musical" que acompañaba mis intentos de conciliar el sueño era algo así como "Brrr, Brrr, Craccc"… Tan fuera de mí me hallé que, tras experimentar toda suerte de tapones para los oídos, estuve en un trís de volver a vender aquel piso que tanto me había costado adquirir…
Llamémoslo "manía", "rareza", "excentricidad" si lo desean, pero lo cierto es que yo necesito imperiosamente un cierto silencio para concentrarme, para trabajar, para que las ideas no se me escapen como el agua por un cesto de mimbre, para tener la cabeza donde debe estar y, sobre todo, para estar segura de que mi tarea alcanza la calidad que me he propuesto y no es un mero –y reprobable– "ir tirando y salir del paso"’.

¡Ojo!: no me estoy refiriendo al silencio que podríamos llamar "exterior"… A mí –y supongo a que a muchos, a casi todos– me puede ayudar la música, por ejemplo, a lograr la tranquilidad, la serenidad que necesito para trabajar; es más: me encanta estar rodeada de charlas e intercambio de opiniones en el ámbito laboral… Porque, aunque parezca una memez, esas voces me hacen compañía, me dan la certeza de que no estoy sola, sino realizando una tarea que necesita, exige, el equipo, la colaboración, la ayuda.

Lo que creo que todos necesitamos a la hora de ser los mejores profesionales es lo que llamaría "silencio interior"… Vamos a ver: el follón ambiental, el griterío, la bulla constante, el ir y venir de dimes y diretes en nuestro lugar de trabajo puede perturbar la calma anímica, el equilibrio que todos necesitamos para estar en lo que estamos –nuestro trabajo, naturalmente– y no dejar que nos distraigan ni el barritar ni el zumbar, ¿me explico?... Ahora bien: aún en medio de esos ruidos –posiblemente inevitables– lo que deberíamos conservar es una especie de reducto interior en el que, por muchas vuvuzelas que nos machaquen los oídos, podamos encontrarnos siempre con nosotros mismos, con nuestros verdaderos objetivos profesionales, con los fines que nos hemos propuesto en el trabajo de un día concreto, de una semana concreta, de un mes concreto o de un año concreto… Allí, en este reducto, es donde oiremos la voz –nuestra propia voz– que nos indica si vamos por buen o mal camino, si estamos siendo coherentes con nosotros mismos, si hallamos dedicados en serio a nuestra tarea o pintando monas… La voz que suena en ese reducto suele llamarse "conciencia" pero, si quieren, la denominamos "vuvuzela personal e intransferible"… Al menos, claro está, mientras dure es Mundial de la vuvuzelación…

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