EL TÓPICO

Quiero un poco más

Publicado el 25-06-2010 por Pilar Cambra.

Si en los ‘buenos tiempos’ la noble ambición profesional puede confundirse con la inmoderada sed de poder, en los malos es uno mismo el que tiembla ante el sano instinto de aspirar a más.

El momento culminante de una de las obras también esenciales –del que podríamos llamar canon– de Charles Dickens, Oliver Twist, se halla, sorprendentemente, al comienzo del relato…

Conocen de memoria ese momento esencial cuantos hayan leído la novela o hayan visionado sus magníficas versiones cinematográficas. Pero, vamos, si a ustedes no les molesta voy a resumir ese instante de la narración de Dickens que es como el núcleo que, al hacer explosión, marca toda la trayectoria vital del huérfano protagonista: nos hallamos en el comedor –más apropiado sería denominarlo "comedero"– del tétrico orfanato en el que vive, a duras y grandes penas, Oliver Twist… Los niños tratan de sacar su vientre de mal año rebañando en sus cuencos una especie de grumoso puré en el que puede imaginarse fácilmente que una harina llena de bichos se mezcla con agua sucia… El hambre de los huérfanos es tal que llega un día en el que los pupilos están dispuestos a plantar cara a las odiosas, viles, crueles y mezquinas autoridades de la institución; pero, como su miedo casi supera a su hambre, deciden que uno de ellos se sacrifique por todos, que un solo huérfano los represente y caiga sobre él lo que tenga que caer, que se prevé tremendo… Y le toca a Oliver Twist.

El niño, tembloroso y dando traspiés, se levanta de la mesa cuando se ha comido la primera ración de bazofia y avanza, vacilante y con su cuenco vacío, hasta el frente del comedor donde se hallan el caldero de engrudo y el cancerbero que manda en el orfanato… Oliver alarga el cuenco que sostienen sus manitas temblorosas y dice: "Señor, ¿puedo tomar un poco más?... ¡Quiero más!"
Sin poder creer lo que está escuchando, la impensable insubordinación, la inaceptable ambición de comida de Oliver, el cancerbero le hace repetir la petición en voz más alta; y, cuando Twist la reitera en medio del silencio expectante y aterrado de todos sus compañeros, se inicia el horrible calvario de la criatura… Con aquel "¡quiero más!", con aquella justísima ambición de nutrirse –aunque sea de bazofia–, Oliver Twist parece haber sellado un destino fatal, terrible… Y así es durante largos y largos capítulos de la novela.
Pero al final… Resulta que, al final, el "señor, ¿puedo tomar un poco más?", la petición-ambición que Oliver presenta en nombre de sí mismo y de todos sus compañeros desemboca en justicia, verdad y felicidad.

Y el caso es que, en tiempos turbulentos, difíciles, inciertos, complejos para la economía, los negocios, las empresas y el trabajo, el ambiente profesional tiene algunos rasgos que lo asemejan a los del "comedero" del orfanato descrito por Charles Dickens: silencio atemorizado, resignación, conformidad con lo que venga y se nos dé… Aunque los currantes suframos hambre y sed de justicia, de promoción, de oportunidades de desarrollo… ¡Como se nos ocurra ir con el cuenco a la autoridad competente y decir "señor: quiero un poco más" estamos seguros de que nos la jugamos, de que nos la vamos a cargar con todo el equipo!...

Por eso, en ciertas épocas, ese poderosísimo motor del buen trabajo, de la superación de uno mismo, que es la noble ambición de todo profesional, de todo trabajador digno de tal nombre, queda plegado y oculto en el baúl del temor, del miedo, de la vergüenza, del "no me atrevo".

¡Pues muy mal!... Muy mal por parte del profesional, en primer lugar; pero tal ocultación –o anulación– de la ambición tampoco dice mucho a favor de la empresa en la que el profesional presta sus servicios. Afirman que donde hay confianza, da asco… Pero donde de verdad da asco es allí donde reina el miedo, la cobardía, la “autocensura” del profesional.

Lo que sucede es que, en demasiadas ocasiones, decimos "ambición" e, inmediatamente, se nos viene a la cabeza la imagen del "trepa", del prepotente, del que pretende conseguir sus objetivos a base de peloteo y demás métodos arteros; y, además, solemos unir en matrimonio indisoluble a la "ambición" con el "dinero"…

¡Pues no!: la verdadera, noble, imprescindible ambición laboral, profesional, se refiere a las oportunidades para mejorar nuestro trabajo y el de los demás; y, por tanto, a solicitar los medios, las oportunidades, los caminos gracias a los cuales avanzaremos. Un profesional puede y debe ambicionar determinado tiempo para lograr un propósito, un objetivo que beneficiará a toda la empresa; o un cambio de responsabilidades que ponga más en valor sus aptitudes y sus conocimientos.

Lo que yo entiendo por ambición no debería achicarse, anularse cuando los tiempos vienen duros. Al contrario: es el momento de los Oliver Twist que extienden valerosamente su cuenco con un "señor: quiero un poco más de espacio, de aire, para seguir haciendo realidad mis sueños. Y los de esta empresa".

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