
José Manuel Casado, presidente de 2.C (Casado Consulting)
Publicado el 25-06-2010 por
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En los tiempos que corren algunos jefes parecen aún menos respetuosos, más déspotas y tóxicos con sus ahora amedrentados colaboradores, que lo eran en las épocas de bonanza, porque en esta situación de incertidumbre los profesionales están dispuestos a aguantar más con los comportamientos poco morales de sus jefes. De seguir así continuaremos descendiendo en las clasificaciones mundiales que miden la calidad directiva. La española, según el Foro Económico Mundial de Davos, se sitúa en un lamentable puesto 32. A tenor de cosas como la que voy a contar, no me extraña.
Hace unos días, en una comida, unos amigos me comentaban hablando de su jefe directo: "No te puedes imaginar qué tipo de jefe es; hace ostentación permanente de su poder, e incluso nos hace que le escribamos artículos para los medios de comunicación que él luego firma con su nombre y se queda tan pancho". Pero además, según me relataban, ese jefe es incapaz de escribir un artículo que tenga más de un párrafo, porque, al parecer, comete faltas de ortografía hasta cuando habla.
¿Verdad que le cuesta trabajo creerlo? A mí también, pero ellos lo aseguraban ‘a pies juntillas’ y yo, que tengo algo de experiencia en eso de ‘hacer de negro’, me lo creo absolutamente. La persona de la que hablaban es uno de esos directivos que son verdaderos ladrones del talento porque, sin ningún tipo de escrúpulos, se apropian de las ideas de los demás, estén escritas o no. Todo ello me lleva a cuestionarme si los directivos llegamos a nuestra posición de mando porque valemos más o porque nos apropiamos de las ideas de nuestra gente y engañamos más que ellos.
Paul Feldman se hizo rico vendiendo rosquillas y estableciendo un plan comercial que se basaba en la honestidad, y parece que a pesar de los directivos, le funcionaba. Por las mañanas, a primera hora, Paul repartía rosquillas por diversas oficinas de la zona y dejaba una cesta para que la gente echase las monedas cuando tomaba una rosquilla; luego, a la hora de comer, Paul pasaba a recoger las cestas del dinero.
Tras varios años sirviendo a diversas empresas que tenían distribuida la compañía en plantas distintas, en las que en la superior –junto a los despachos de esquina, tributo innecesario a los egos gigantes de muchos directivos– solía estar la dirección, en la siguiente los vendedores y en la inferior los administrativos, Feldman sacó varias conclusiones: La primera es que el estado moral de los jefes es un factor determinante para que la gente esté a gusto con sus directivos y hace que los empleados sean también más honrados. Además, y después de comprobar que en las cestas de la planta de los mandos siempre faltaba dinero se llegó a preguntar si los jefes engañaban o no pagaban debido al sentido excesivamente desarrollado de sus privilegios, o si fue precisamente el engaño lo que les ayudó a ascender a su posición de mando.
En muchos casos puede haber dudas. Estoy convencido de que la mayoría de los directivos no engañan, pero en el caso que me contaban mis amigos no. Ese mismo día me relataron que ese mismo jefe, después de una comida en un restaurante, se llevó el bolígrafo con el que firmó la cuenta porque parecía un Mont Blanc.