
EL TÓPICO
Publicado el 15-06-2010 por Pilar Cambra.
El vaso de este año ya está medio vacío. O medio lleno de duelos, quebrantos, trancas y barrancas… En suma: paso del Ecuador. Y se nota (mucho) su peso en las costillas laborales.
Estoy totalmente segura de que mi abuela materna, Mariana de nombre, y Alexander Graham Bell jamás se conocieron, nunca fueron presentados. Aunque sí tuvieron algo en común: según sus biografías oficiales, Graham Bell, el inventor del teléfono, "tuvo una formación básicamente autodidacta"… Mi yaya Ana, también: cuanto aprendió –y fue mucho y muy ejemplar en lo que se refiere, por ejemplo, a laboriosidad casi encarnizada, entrega a los demás, sexto sentido para abordar los problemas con sensatez y hallar soluciones eficaces, ánimo para no rendirse ante los contratiempos–, todo lo que aprendió y enseñó fue fruto de una vida dura e intensamente vivida…
Pero, vamos, que mi abuela y Graham Bell no tuvieron la más mínima idea de la existencia del otro… Tal vez por ello –aunque mi yaya no peinaba ni un pelo de tonta y aceptaba cuantos avances facilitaban la existencia y el trabajo– mi abuela no acabó de asimilar del todo el invento del señor Alexander… Verla intentar hablar por teléfono, responder a una llamada o realizarla era, en verdad, un espectáculo delicioso: tomaba el receptor con cierto temor, como con reverencia, y se lo colocaba casi a medio metro de la oreja… En suma: mi abuela guardaba las distancias –incluso literalmente– con la tecnología telefónica y, aunque no lo dijo, yo creo que olía en ella un tufo a brujería que fomentaba su desconfianza. O su desconcierto…
Pues bien: ciudadana satisfecha y oronda y agradecida como yo soy de este siglo XXI marcado a fuego, sellado y firmado por una tecnología que se va superando a sí misma casi segundo a segundo, creo que he heredado una pizca del desconcierto de mi abuela ante ella… En concreto, hay una "situación" de los aparatejos que me produce una profunda perplejidad: el stand by… ¿En qué estado se hallan el ordenador, la tele, el reproductor de DVD, etcétera, cuando los dejamos en ese stand by? No están en el infierno de la avería, ni el cielo del pleno funcionamiento… Pienso yo que es una especie de limbo en el que los aparatejos siguen vivos al tiempo que descansan…
Y digo yo: ahora mismo, cuando el curso laboral, profesional, empresarial está justo en la mitad, todos –bueno: casi todos; excepto los superhéroes y los que no están hechos de carne y huesos sino de platino e iridio– comenzamos a presentar una serie de síntomas que hablan a las claras de fatiga, de cansancio, de llevar “enchufados” al rudo quehacer demasiado tiempo…
Enumero –sin ánimo de ser exhaustiva– algunos de esos síntomas: 1) confusión e, incluso, ausencia casi absoluta de buenas ideas; laboral, profesionalmente, el cuerpo y la mente nos piden refugiarnos en la rutina y que nos dejen de novedades; 2) urgencias, nervios, prisas y angustias pá ná, que diría el otro; más gráficamente: corremos como pollos sin cabeza hacia una meta envuelta en la bruma de la incertidumbre; 3) comenzamos a darle una importancia extrema a las banalidades; en el trabajo, tememos olvidarnos, pasar por alto, descuidar lo que, en realidad, es puramente accesorio; 4) nuestro carácter se torna, a la vez, susceptible y agresivo: cualquier llamada de atención llegada de jefes, colegas o subordinados, por amable y cordial que sea, nos hiere en lo más profundo; y, al tiempo, somos nosotros los que saltamos como panteras al cuello de los demás compañeros de trabajo por minucias… En suma: nuestra escala de valores laboral y profesional está hecha un lío, un confuso ovillo, un maremágnum que sufre constantes alteraciones; ¡y qué decir de nuestra lista de prioridades personales!: ya no somos capaces de discernir si vale –o no– la pena sumergirnos en jornadas de trabajo interminables, aunque nuestra vida familiar, social quede como unos zorros.
O sea: ¡ha sonado la hora de dejarnos un ratito a nosotros mismos en stand by: de parar, templarnos y mandar de nuevo en nuestra cabeza! Ha llegado el momento de respirar hondo, de dejar de gastar inútilmente nuestra valiosa energía, de cesar de dar vueltas como un tíovivo...
No se trata, claro está, de escurrir el bulto, de dejarnos mecer por la molicie o por la pereza… Estoy hablando de aplicar el sentido común, la sensatez a nuestra actividad profesional. Porque el stand by que nos imponemos es, simple y llanamente, una especie de "seguro de vida profesional", una imprescindible medida de prudencia para evitar que otro –el jefe, sin ir más lejos– nos “desconecte” del todo y para siempre.
Animo a experimentar con el stand by: algo más de descanso, de profundo descanso, y una dosis menor de agonías. Porque, como en el caso de los aparatejos, el stand by no nos deja fuera de uso: es la cura de los abusos a los que hemos sometido nuestro cuerpo y nuestra mente en lo que va de este año duro de pelar. Muy duro de pelar.