
EL TÓPICO
Publicado el 07-06-2010 por Pilar Cambra.
Es mi 'veta Peter Pan'... Los calores me traen recuerdos infantiles de pandillas, piscinas, películas bélicas en cines de verano y de líderes. Sí: de líderes, aunque de niña no los llamara así.
Lo que me sucede con los primeros calores –como estos que nos han llegado, por ejemplo– es que se me "aparecen" imágenes parecidas a las que Joan Manuel Serrat –por cierto: en la convalecencia de su segundo cáncer, como ya hizo en la primera, el cantante está demostrando llevar la empresa de su propia vida como lo que es, un número uno– evoca en su canción Mi niñez… "Y en julio, en Aragón, tenía un pueblecillo/ una acequia, un establo y unas ruinas al sol. /Al viento los ombligos, /volaban cuatro amigos, /picados de viruela/y huérfanos de escuela, /robando uva y maíz, / chupando caña y regaliz. /Creo que entonces yo era feliz".
Vamos a ver. Precisando, que es gerundio: "mi" pueblecillo no estaba en Aragón sino a unos pocos kilómetros de Valencia; sí tenía acequias –las de nuestra casa, construidas en ladrillo por mi propio abuelo para regar frutales y un pequeño huerto "de consumo doméstico", que se llama– y algún establo; de ruinas al sol, ni sombra de ellas. Tampoco tengo memoria de haber "volado con el ombligo al aire": la parte de mi cuerpo que gozaba de completas vacaciones eran los pies; he heredado de mi buen padre la afición de ir descalza el máximo tiempo posible. Mis amigas –"amigas", no amigos– y yo no estábamos ni picadas de viruela ni huérfanas de escuela. ¿Robar uva y maíz, chupar caña y regaliz?: algún que otro melocotón, algún que otro puñado de almendras tiernas –"almendrucos", los llamábamos– sí birlamos en árboles ajenos. ¡Y regaliz, aquella raíz dulce y amarga que mordisqueábamos hasta convertirla en estropajo amarillento!
Aclarado todo lo anterior, también creo que, como Serrat, entonces yo era feliz con una felicidad sin nubes y sin malos presagios que no he vuelto a sentir jamás.
Y una clave importante de esa placentera sensación de plenitud era la sencillez de los planes: reencuentro con las amigas después del duro invierno; reconstrucción de "la pandilla" a base de compartir confidencias; mañanas de sol en la piscina –más bien una balsa de riego de la que mi abuelo sacaba el agua para sus acequias– espantando avispas y cazando libélulas y, por las noches, cine de verano con bocadillo –"entrepan", en mi Valencia natal– y películas "toleradas para menores"; algunas de ellas, "de guerra", que por aquellas casi innombrables épocas eran "políticamente correctas".
La única tensión, el único momento potencialmente conflictivo de aquellos veranos eran los dimes y diretes, los tiras y afloja hasta que se decidía –y se aceptaba por unanimidad y para los tres meses de vacaciones– quién de nosotras sería la cabeza, la "jefa" de la pandilla.Ese proceso, que podía durar una semana, no tenía reglas: la elección se producía espontáneamente, al hilo del curso de los acontecimientos. Nada tenía que ver en él cual de nosotros poseía la bicicleta más molona o el carácter más mandón. Era, sobre todo, cuestión de imaginación ¡y de valentía, de valor!
Así, el puesto de "jefa" lo iba alcanzando, casi imperceptiblemente, aquella de nosotras capaz de ofrecer el plan más sugestivo, insospechado y emocionante para divertirnos en las lánguidas tardes, que podían degenerar en el aburrimiento a fuerza de ser idénticas unas a otras. "¿Sabéis que he descubierto una cueva bastante cerca? Podríamos ir a explorarla con las linternas". La autoridad de la jefa se consolidaba a fuerza de su propia curiosidad y de su espíritu de aventura.
Las mañanas de piscina/balsa también jugaban un papel importantísimo. En los días de tormenta nocturna, cuando el agua se había enfriado, la que se lanzaba de cabeza al chapuzón, sin pensarlo dos veces y sin remilgo alguno, iba ganando puntos. Era, obviamente, la más valiente, la que desdeñaba el peligro (bastante imaginario, por lo demás).
Una vez elegida, la "jefa" de la pandilla tenía para nosotras todos los rasgos de los héroes, de los protagonistas que admirábamos en las películas de guerra del cine de verano. Como ellos, nuestra "jefa" era ¡¡¡la primera!!! La primera en asomar la cabeza por encima de la trinchera en medio del fuego enemigo –la primera en dar la cara cuando nos ganábamos una buena bronca de nuestros padres ante una travesura–; y la primera en iniciar el "ataque", la incursión en la oscura cueva, linterna en mano.
Creo que entonces, además de ser feliz, comencé a aprender de qué pasta debe estar hecho un líder profesional, empresarial a cualquier nivel del que hablemos: ¡¡¡¡él, el primero!!!! Esa es la clave: el líder, el primero en exigirse lo que exigirá a los demás; el primero en iniciar la tarea más compleja y arriesgada; el primero en salir en defensa de su equipo ante los fracasos o los errores involuntarios; el primero en imaginar planes de consolidación o salvamento económicos. El primero en convertir el trabajo de todos en una apasionante aventura para cada uno.