
EL TÓPICO
Publicado el 31-05-2010 por Pilar Cambra.
Llamada de un amigo para invitarme a cenar en el puesto de alguien que había fallado a última hora: "Ya sabes que donde hay confianza da asco". No: lo temible en la ausencia de confianza.
Hay dos reacciones instintivas –y yo no estoy nunca libre de ellas– ante la mendicidad que me dan escalofríos, que me ponen los pelos como escarpias y que me hacen llorar lágrimas de sangre –metafóricamente, que no voy por ahí con hemorragias oculares– al darme cuenta de la maldita porción de mezquindad que todos llevamos dentro –y, en ocasiones, fuera: como bandera, santo y seña de actuación–.
La primera de ellas es malpensar que ese "marginado" –el que está en la puerta de la iglesia; el que ofrece pañuelos de papel en el semáforo con el consabido "señora: más vale pedir que robar"– está ahí, solicitándote unas monedas porque le da la gana, porque ha elegido ese modo de recorrer su camino. ¡Porque, oye, no faltan lugares a los que acudir en busca de ayuda o refugio y, el que se pone, acaba por encontrar algo que hacer a cambio de esas mismas monedas! O sea: la marginalidad no sería un fatum, una perversa jugarreta del destino, sino una elección. "Porque –nos decimos– hay gente para todo y personal que prefiere no pisar un albergue porque allí se imponen ciertas normas de convivencia que no está dispuesto a aceptar".
La segunda reacción es un cálculo instantáneo de qué hará el mendicante con nuestro óbolo, con ese mísero euro que le largamos. O que no le largamos… "¿Comprará comida o se lo gastará en vino o drogas?"… Y, en la duda, en la desconfianza, lo normal es que optemos por abstenernos, por no soltar un céntimo.
Hace algunos días, en la entrada de mi parroquia apareció una mendiga "nueva". Era una mujer joven, de hermosos ojos, que hablaba un castellano aceptable y que recogía el dinero que se le daba en un vaso de papel. Vestía con ropa limpia y lo que me hizo detenerme ante ella e iniciar una breve conversación, le temblaban las manos con las que sostenía el vaso: "A mí no me importa lo que me pase –me dijo– Pero tengo un bebé al que no puede alimentar, ni comprare pañales". Le recomendé que entrara en la parroquia y fuera al despacho de Cáritas para que le procuraran una ayuda más segura. Creo que lo hizo. Y yo, ¿por qué actué como lo hice con esa mujer, de modo tan distinto a mi manera habitual de proceder ante la mendicidad? Porque me inspiró confianza, porque me fie de lo que me decía, porque la creí.
Y ahora viene la "cuestión de confianza" en el trabajo, en la empresa. Salvando todas las distancias que se deseen salvar, ¿no es cierto que, en ocasiones, la guía de nuestras relaciones con jefes, colegas y subordinados se parece algo, bastante e, incluso, mucho a la que mantenemos con la mendicidad?: una especie de deshojar la margarita de la confianza. Una suerte de "me fío, no me fío, me fío" según los días, las horas, la situación o algo tan aleatorio e irracional como nuestro estado de ánimo.
Y, sin embargo, del mismo modo que no podemos ir por la vida pensando que toda persona que se nos acerca en busca de ayuda nos va a defraudar, nos está colocando una mentira como un piano, la existencia laboral, la solidez de las relaciones humanas en la empresa se desmoronaría sin ese cemento que nos une y nos hace fuertes, sin la confianza.
En cualquier caso, vayamos paso a paso. Yo creo que, en el ámbito del trabajo, la confianza debe ser concedida desde el primer momento, desde el instante en que se ficha a alguien o se entra en contacto con él. Del mismo modo que, en el Ejército, el valor se supone, en la empresa se otorga a la fiabilidad a una persona en cuanto decidimos contar con ella, aceptarla como parte de la nómina, sentarla a nuestro lado o darle el placet como jefe o como subordinado… ¡Que no, que no se "lo va a gastar en vino", jolín!
Ahora bien: una vez concedida –y con toda justicia– esa confianza, no esperemos que se mantenga "de gratis", pase lo que pase y nos comportemos como nos comportemos… Nos han dado un lote de esperanza en nuestras capacidades que estamos obligados a hacer rendir, a demostrar que merecemos tal depósito… ¿A santo de qué? ¡Pues por la misma razón por la que un Gobierno elegido democráticamente puede meter la pata hasta el corvejón y tener que someterse, ante el Parlamento y ante la opinión pública, a lo que se ha bautizado acertadamente como "Cuestión de confianza"!
Y mantener la confianza que, de entrada –desde nuestra entrada en nómina–, nos han regalado jefes, colegas y subordinados no es fácil. Cuesta. Precisamente porque, como ante la mendicidad, la desconfianza siempre está al acecho. Ganarnos lo que se nos entregó exige, al menos, esfuerzos denodados en tres campos: el de la lealtad, en de la laboriosidad y el de la amabilidad. Y, entonces, la confianza que nos han regalado no será una limosnita, por el amor de Dios, ¡porque no la gastamos en vino!