
EL TÓPICO
Publicado el 17-05-2010 por Pilar Cambra.
Aunque jamás he estado en una de ellas, creo –porque algo sé del ser humano– que, hasta en una cadena de montaje, cada cual marca su impronta en el trabajo. 'A mi manera', según Sinatra…
Hace una semana me fui a participar en una mesa redonda en Jaén. Viajé en tren, en lo que Renfe llama Recorrido de Media Distancia… O sea: ni el súperconfort del AVE ni el mero utilitarismo de los vagones de cercanías: en MD –como dicen los billetes– la velocidad es moderada; las paradas, numerosas –qué nombres tan sugerentes los de los pueblos: El Viso del Marqués, ¡ahí es nada!–; los asientos, cómodos –hasta reclinables y todo–; y la modernidad de los servicios, sorprendente: dispones de enchufe para el ordenador –u otros cacharritos tecnológicos– en cada plaza… ¡Vamos, que mi tren no era el Orient Express, pero lo pasé la mar de bien en las cuatro horas que dura el trayecto entre Madrid y el paraíso jienense de los olivares!
A mí me gusta el tren más que cualquier otro medio de transporte. Fundamentalmente, porque me parece el más humano: puedes contemplar todas las poliédricas facetas de la Madre Tierra en una sucesión de paisajes que mantiene un ritmo lleno de cordura, no como el frenesí del avión, que te recoge en un oasis de verdor y te deposita en un decir amén en las ardientes arenas del desierto… En el tren, además, la sensación de seguridad es mucho mayor que en el coche o en el autobús, por ejemplo; y, de ese modo, es posible conversar con el vecino –si te toca en suerte un vecino conversador–, leer apaciblemente; y hasta decidir lentamente si lo que vuela tan alto, tan alto es una cigüeña que vuelve a ese nido del campanario que se ve en la distancia o un halcón que ha salido en busca de la presa.
Bien: ya no me voy por más cerros de Úbeda… Ni de Jaén… Otra de las cosas que puedes hacer en un viaje en tren es –sin fisgar, ¡eh!– examinar, tomar nota y ejemplo de los variadísimos modos y maneras de trabajar que tiene la gente… Porque esa es otra: en el tren se puede trabajar. Y se trabaja.
En mi trayecto de ida hacia Jaén, por ejemplo, había un señor sentado dos filas detrás de la mía –por eso pude oír sus conversaciones sin intención alguna de hacerlo, que quede claro– que, con un simple teléfono móvil, localizó a algo así como a una decena de personas, les recitó de memoria una serie enorme de cifras y cantidades; y, en definitiva, creo que cerró un negocio no pequeño que iba de cercados y de vallas. Se bajó en Linares con cara de deber laboral cumplido.
A la vuelta, un chaval que se sentó a mi lado se pasó todo el trayecto estudiando, con ordenador y libros, el temario de unas oposiciones. Algo relacionado con Sanidad, con Enfermería, creo…
Por mi parte, con instrumentos tan rudimentarios y paleolíticos como un rotulador y unas fichas, terminé de pulir mi intervención en la mesa redonda y revisé una serie de documentos.
En suma: para trabajar –¡y bien!– no siempre es necesario ni una gran parafernalia, ni un horario, ni la estricta vigilancia de jefes, colegas y subordinados… Basta el propio sentido de la responsabilidad, sacudirse la pereza y laborar de la manera – My way…– que más cuadre a la personalidad de cada cual.
Evidentemente, hay cientos –quizá miles– de ocupaciones que no permiten tal "libertad de acción", por llamarla de algún modo… El dueño o dependiente de un comercio no puede vender así, a su aire, fuera de su local, ni calcetines ni televisores de plasma… Tampoco un piloto puede realizar su trabajo en una cafetería en lugar de a los mandos del avión… Pero aceptarán ustedes que también hay cientos –quizá miles– de profesiones que sí permiten una elasticidad de horarios y espacial mucho mayor de la que normalmente tienen.
Con las nuevas tecnologías, en concreto, a mí me pone de los nervios lo que denomino "la manía presencial"… Hay que estar amarrado al duro banco de la mesa de la oficina, del despacho de tal a tal hora porque sí, por narices; porque, aunque haya cumplido mi tarea cabalmente, incluso haya hecho mucho más de lo que me imponen mis obligaciones, debo estar ¡presente!, rascándome la tripa para que los jefes, colegas y subordinados no digan de mí que si tal o que si cual. Y todo ello con el agravante de que, teniendo una familia como tenemos la inmensa mayoría, convocar una reunión –o lo que sea– en el recinto laboral a las 9 de la noche da derecho a protestar con un "¡no, hombre, no: no son horas!" bien sonoro y bien rotundo…
Mi opinión –y lo que me ha enseñado una no escasa experiencia– es que la productividad, la eficacia de muchos profesionales está directamente relacionada con la libertad y no con los horarios… ¡Dejemos cierto margen al my way, a la manera propia e intransferible de cada cual de dar lo mejor de sí mismo en el trabajo! Porque entre la rígida disciplina (militar) y el relajo desmadrado en el trabajo, en la empresa, hay un enorme espacio que es de locos desaprovechar.