Mensajería urgente

Publicado el 11-05-2010 por Pilar Cambra

'Enrollarse', 'enrollar'… ¡Qué verbos más magníficos, gráficos y expresivos! ¡Es que uno los 've', oye, cuando los emplea! ¡Y qué nociva la acción que significan en el ámbito laboral!

Si uno lo pensara con cierta calma –y el problema es que, habitualmente, la calma es incompatible con el mogollón de deberes laborales y personales que tenemos que cumplir y no está la Magdalena para tafetanes, ni el horno para bollos–, resulta que una gran parte de nuestra tarea profesional consiste en enviar y recibir mensajes…

Y esto es así cualquiera que sea nuestra ocupación: científico en una base de la Antártida –"Llamando a Central: el agujero de ozono está ya aquí como el ‘tomate’ de mis calcetines"–; torero en plazas de primera –el apoderado no deja de gritar al diestro, más solo que la una en el centro del albero, desde el callejón: "¡Ahora, ahora: arrímate! ¡Ezo é, torero!"–; astronauta –"Houston, tenemos un problema"–; cirujano –"¡Pinzas, bisturí!"–; o esas profesiones tan corrientes, como experto en inversiones bursátiles –"¡Compre, venda!"–, dependiente de una ferretería –"¿tiene usted tornillos con raya en medio?"– o periodista, el mensajero por antonomasia.

Ese continuo entrecruzarse, entretejerse de preguntas y respuestas, de propuestas y objeciones, ese entramado de mensajes es obligatorio en cualquier trabajo… Pero, como en la vida, tal imperativo puede desarrollarse y cumplirse bien, mal, regular, fatal e, incluso, de modo irresponsable y perjudicial para muchos.

Hay, por ejemplo, tres tipos de relaciones humanas –y la empresa, el trabajo, no son nada si no son un conjunto de relaciones humanas– cuyo intercambio de mensajes me pone los pelos de punta: las juntas de vecinos de los inmuebles, los debates entre políticos –de cualquier partido o ideología–, y las comunicaciones telefónicas de los jóvenes –y de los no tan jóvenes– por medio de los que dicen ser y llamarse SMS… Los tres me horrorizan, pero unos más que otros, como trataré de explicar de inmediato.

Tanto los vecinos de un inmueble como los políticos tienen una irrefrenable tendencia al enrolle en cuanto se reúnen más de dos… Creo haber dejado ya testimonio en alguno de estos artículos de que las juntas de propietarios de una casa son lo más parecido a una historia interminable; igualito, igualito que en las reuniones de trabajo de una empresa, siempre hay alguien –el/la del 3º C, por ejemplo– que ve en ellas una oportunidad de oro para alcanzar su minuto de gloria, ese que no consigue ni en su hogar, ni en su trabajo ni en su vida social… De ahí que aparezca en la Junta –igualito, igualito que en la discusión de las 10 de la mañana en la empresa– con un capazo lleno de sugerencias, objeciones, detallitos, fantasiosos planes y descabelladas propuestas… No importa que haya un orden del día que deba cumplirse a rajatabla… El/la del 3º C se levanta de improviso y no tiene tasa ni medida a la hora de enrollarse… Aunque el resto de asistentes a la junta comiencen a bostezar y a protestar, él/ella sigue. Porque, como ciertos jefes, colegas y subordinados, morirían en el empeño de conseguir protagonismo.

En cuanto a los políticos, casi más de lo mismo: salidas de pata de banco, diatribas vacuas, discursos floridos en apariencia y mustios en el contenido… En este caso el político, además de protagonismo, tiene otra pretensión común y corriente entre los que se entrecruzan mensajes en la vida laboral: mojarle la oreja al rival, dejarlo planchado aunque sea a base de anestesiarlo con parlamentos que no llevan a ninguna parte.

Y así van pasando el tiempo y la vida: de rollo en rollo, de arteros métodos para convertir el cruce de mensajes en una actividad aparentemente decisiva, importantísima en la empresa, en el trabajo, cuando está claro –para cualquier espectador imparcial– que no estamos más que ante una mezquina y cutre pérdida de tiempo, de eficacia y de productividad.

En el extremo opuesto tenemos los mensajes por SMS: "Ké t veo 8 en ."; o sea "que nos vemos a las ocho en punto"… Y hay SMS mucho más ininteligibles, claro: como un lenguaje que llegara de una galaxia remota. Ese afán de ser sucintos, rápidos –y de ahorrarse unas pelas– lleva, poco a poco, a una deshumanización… Porque cuando el lenguaje se pierde, algo se rompe en el alma. Como cuando un amigo se va.

Bueno: pues ni tanto como vecinos y políticos, ni tan calvo como los sms. La "mensajería" en la empresa, en el trabajo –por mucha urgencia que precise– debería ser clara, concreta, concisa; y, además, con su puntito de amabilidad… Mensajes que se emiten y reciben centrados en lo que quiere comunicarse, cómo quiere comunicarse y a quién se quiere comunicar.

O sea: ir a lo que se va y estar en lo que se está. Porque, como dice la cita, "el que está pendiente del viento no sembrará, y el que se queda observando las nubes no segará". Y, además, colocará un rollo insoportable.

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