
EL TÓPICO
Publicado el 28-04-2010 por Pilar Cambra.
Los de esta primavera son muy hiperactivos… Me refiero a los pájaros que han llegado, con el primer sol, al jardín de la finca en la que vivo. Me recuerdan a cierto prototipo de currante.
A mí, con los pájaros de la misma especie, me pasa como con los chinos: todos me parecen iguales.
Quiero decir que –siempre dentro de mis limitadísimos conocimientos de ornitología– sé distinguir a un mirlo de una tórtola y a un gorrión de una paloma; pero, desde luego, jamás podría asegurar que el mirlo que me ha salido al paso esta mañana en el césped que rodea al gran ciprés es el mismo con el que ayer me tropecé dando saltitos en torno a la yuca… ¿Son el mismo mirlo, distintos mirlos, un mirlo y una mirla? Un lío… Pero, en realidad, para el asunto que me ocupa –y que espero de todo corazón que les interese un tanto–, da lo mismo…
La cuestión es que la observación desde mis ventanas de los pájaros que han llegado al jardín con estos atisbos de primavera me entretiene un montón… Y, para colmo de placer y gusto, no es una pérdida de tiempo, una cucharada de sopa boba. Al contrario: la mentada observación me hace reflexionar bastante y me enseña algunas cosas sobre el modo, manera y sistemas de trabajar… Una, que es así de rarita y saca lecciones hasta de debajo de las piedras.
El caso es que, como les decía, los mirlos –negros con el pico amarillo–, las tórtolas –muy parecidas a las palomas, pero con una especie de collar de plumas blancas en torno a cuello– y los gorriones –los más vulgares, corrientes y ¡adorables!– de la presente temporada me parecen más hiperactivos que nunca… Cierto que una característica de los pájaros –en libertad, claro– es que no paran quietos: hasta el gran Houdini sentiría envidia de sus magistrales ejercicios de escapismo; los pájaros son unos virtuosos del "ahora estoy, ahora no estoy", "ahora me ves, ahora no me ves"… Deben terminar su jornada –no sé qué horario tienen pero los mirlos, en concreto, son unos madrugadores de toma pan y moja; a las seis de la mañana ya están dando una enorme vara con sus silbiditos– agotados de tanto salto, tanto vuelo, tanta carrerilla… Obviamente lo hacen por instinto, porque en ello les va la vida: los pájaros, con esa hiperactividad continua, tratan, en primer lugar, de hallar alimento; y, también, de huir de cualquier cosa que presientan como un peligro o una amenaza. Su existencia depende enteramente de esa hiperactividad, de ese perpetuum mobile que, esta temporada –no sé si por el cambio climático o porque tienen que sacudirse de sus plumas unos fríos invernales crudelísimos–, me parece más acusado que nunca.
Lo curioso es que lo que se me aparece siempre en la mente cuando contemplo el incesante saltar y brincar y volar de los pájaros es la figura de cierto tipo se trabajador, de profesional, de currante…
No: no me voy a referir al "pájaro de mal agüero", que también tendría una muy interesante glosa… Tampoco pienso hoy en los "carroñeros"… Ni en las "aves de presa"… De todo eso hay en la viña del Señor y en la empresa, en todas las empresas…
Pero al tipo al que me voy a referir es, sencillamente, al que pajarea, al que se pasa la jornada pajareando.
El tal tipo puede ser humilde como el gorrión en la pirámide laboral; o ufano y encumbrado como la tórtola; o simpático y piador como el mirlo. Pero todos tienen un común denominador: pajarean.
¿Que qué entiendo yo por pajarear en el trabajo? Pues eso mismo que hacen las aves de mi jardín: ir de aquí para allá, sin fijeza y sin pausa; aparecer y desaparecer; sobrevolar sobre su tarea.
Si quieren soy más concreta. Hay tres características esenciales del pajareador laboral (con perdón por el palabro): para empezar, le cuesta tanto hincar el diente en la tarea cotidiana más difícil o complicada que tiene encomendada que siempre encontrará pretextos para irla retrasando: que si llamadas telefónicas, que "si tengo que salir un momento para un recado urgente", que si "mira que cosa tan curiosa acabo de leer en el periódico", que si "ahora vengo que tengo que ver a fulano de tal". Además, rara vez llegará a alcanzar la meta prefijada, el objetivo que se le ha encomendado; siempre le quedará algo por completar, un error por corregir, unas cifras por comprobar. Por último, el trabajo favorito del pajareador es, precisa y justamente, pajarear por todas partes: colocarse al lado de tu mesa y comentar ¡¡¡tu trabajo!!!, rondar por los pasillos, charlar con el primero que encuentre, darse una vuelta completa al mundo de Internet visitando diez páginas por minuto… Pajarear.
¡Vale, sí, por supuesto!: el que esté libre de pajarear algún tiempo durante su jornada laboral que tire la primera pluma… Todos necesitamos un relajo, un picoteo, un estirar las patitas y unos minutos de charla que nos despejen la cabeza cuando está muy cansada. Lo peligroso es que –no siendo mirlos, ni tórtolas, ni gorriones– el pajareo se convierta en un oficio. Sin ningún beneficio y con bastante perjuicio para los demás, añado.