
Análisis
Publicado el 22-04-2010 por Tino Fernández. Madrid
Pocos se resignan ya a pasar ocho horas diarias (o más) en un trabajo odioso que no aporta nada. Las clasificaciones de las "mejores empresas para trabajar" nos ofrecen pistas acerca de los valores que demandan los empleados a sus compañías en un escenario en el que cambian las relaciones entre empleado y empleador.
Dedicarse a rajar de la propia empresa ya no está de moda. Y ni siquiera resulta productivo a estas alturas, en el nuevo escenario de un mercado laboral que surge de la recesión, con una relación diferente entre empleado y empleador, basada en el hecho de que el colocarse se acabó y en que nunca más habrá trabajos para toda la vida.
La tendencia al happyshifting implica la máxima defensa de la idea de que vivimos en una era única, en la que debemos estar decididos a buscar la felicidad a través del trabajo, en vez de resignarnos a pasar ocho horas diarias en un empleo que no nos aporta nada. Cada vez más personas abandonan la queja por el emprendimiento y optan por crear su propio empleo, renegando de un modelo de empresa que no ofrece soluciones.
Las dinámicas de otros tiempos desaparecen y los ciclos de permanencia en las organizaciones se acortan; se imponen nuevos conceptos de lealtad a la empresa, de carrera profesional y de compromiso o de prioridades personales y profesionales. Sin contar con el hecho de que tendremos que trabajar más años . Y de que cada vez más generaciones convivirán en las empresas: X, Y, Nexters y U (los unretired, que no se jubilan a los 65) forman una nueva fauna laboral que supone retos y necesidades para los que muchas organizaciones aún no están preparadas.
Las clasificaciones de "mejores empresas para trabajar", como la presentada por el Instituto Best Place to Work (250.000 empleados de 250 compañías califican a sus empleadores) ofrecen algunas pistas acerca de los valores que los trabajadores demandan a sus compañías. Valores que son el ADN de las organizaciones, y que no deberían cambiar a pesar del entorno económico, aunque se transforme el mercado de trabajo o los factores de atracción y retención.
Vivimos –y trabajamos– con un apego al trabajo cada vez menor, a diferencia de hace unos años, cuando la relación con la empresa era de por vida. Ahora, la media de duración no llega a un lustro, y todo esto se transmite a las organizaciones, en las que cada vez más gente se siente abierta a diferentes opciones.
Quienes trabajan en esas "mejores empresas" parecen estar en lo que Pilar Jericó, socia de InnoPersonas, denomina "estado de flujo", típico de quien está absorto en su actividad y siente una enorme satisfacción; de quien trabaja para ser feliz, con capacidad de realización y satisfacción personal antes que de ganar dinero. Cuando ocurre esto, hay un resultado para la empresa, ya que con este compromiso la persona tiene un 57% menos de posibilidades de dejar la compañía, y se esfuerza un 87% más.