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'La reina en el palacio de las corrientes de aire'

Publicado el 05-04-2010 por Juan Carlos Cubeiro, presidente de Eurotalent,

En su última aventura, Lisbeth Salander, la protagonista de 'Millenium' se erige como una vengadora implacable, una guerrillera sin un ápice de paciencia para ganar en la vida. Pero el sabor de esta venganza es amargo.

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La trilogía Millennium, de Stieg Larsson, ha llegado a su fin, en las librerías y en la gran pantalla. En este tercer episodio (volumen y película) titulado La Reina en el palacio de las corrientes de aire, se trata de la venganza de Lisbeth Salander, esa especie de Pippi Calzaslargas, guerrera africana y Dalai Lama. Según Kurdo Basi, uno de los mejores amigos de Larsson, "Lisbeth tiene algo de Dalai Lama, porque sin paciencia nunca se gana en la vida; otras veces es una guerrillera, porque es su manera de enfrentarse a las cosas. Y es Pippi, porque hay que perder el control y porque el personaje infantil es la demostración de que en el desastre también está la solución".

En esta ocasión, Salander agoniza en un hospital con una bala en la cabeza. Está acusada de triple asesinato y en la misma institución se halla Alexander Zalachenko, Zala, su padre y peor enemigo. Ayudada por el periodista Mikael Blomkvist y su equipo de la revista Millenium, conseguirá vengarse de quienes la han maltratado durante años.

Ojo por ojo
La llamada Ley del Talión –Ojo por ojo, diente por diente– está ya en el Código de Hammurabi, el más antiguo del que tenemos constancia (1760 a. C.), que se conserva en el Museo del Louvre. La Ley de Moisés deriva al parecer de la babilónica, y así podemos leer en el Levítico (24.19): "Y el que causare lesión en su prójimo, según hizo, así le sea hecho: rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho a otro, tal se hará a él". Parece que la venganza es consustancial al ser humano. Sin embargo, no es así. Es inteligencia emocional saber gestionar las propias emociones y no actuar a tontas y a locas.

A lo largo de la Historia, los grandes pensadores nos han advertido sobre el amargo sabor de la venganza. "El odio es la venganza del cobarde", escribió George Bernard Shaw. "Es un placer de las pequeñas almas", señaló Juvenal. "Es una palabra inhumana", sintetizó Séneca. "La venganza no borra la ofensa", apuntó Calderón. "Vengándose, uno iguala a su enemigo; perdonando, uno se muestra superior a él", nos enseñó Sir Francis Bacon. Puede que Lisbeth Salander, esta reina del siglo XXI, tenga la paciencia del Dalai Lama, pero no su capacidad de perdón. El Dalai seguro que practicaría, siguiendo a Buda, que hemos de responder inteligentemente, incluso al tratamiento no inteligente, y perdonar a nuestros mayores enemigos para poder ser felices.

En estos tiempos se escribe y habla mucho del concepto de resiliencia, de nuestra capacidad para afrontar la adversidad y transformarla positivamente en nuestras vidas. De canalizar la ira hacia el perdón, porque, como diría el Dalai, "la sabiduría es como una flecha; la mente serena es el arco que la dispara". Serenidad, autocontrol, para hacer lo que más nos conviene y no lo primero que nos activa. La felicidad, esa búsqueda constante en todos los seres humanos, no puede alcanzarse desde comportamientos y actitudes basadas en la ira.

Según uno de los mayores especialistas en la psicología del perdón, el doctor Robert Enright, en tanto que una persona no perdona a quien le ha ofendido sigue encadenada a él. La ciencia ha demostrado que los que perdonan reducen sus niveles de ansiedad y depresión (causantes de múltiples enfermedades cardiovasculares) y aumentan los sentimientos de esperanza. El dolor es una cosa natural; el rencor, no necesariamente. Perdonar significa mostrar confianza, humildad, valentía, empatía, cooperación y/o superación, atributos de las personas fuertes. El perdón no supone como consecuencia, ni mucho menos, la reconciliación (se debe perdonar, pero no olvidar), ni evitar la acción de la justicia, que debe seguir su propio camino, porque el perdón no libera al ofensor de culpa, pero sí al ofendido de amargura.

Afortunadamente, si bien los adultos disfrutamos de la venganza de Lisbeth Salander las nuevas generaciones aprenden que el odio no les lleva a ninguna parte. En Cómo entrenar a tu dragón, la última película de Dreamworks (los creadores de Shrek y Madagascar), vikingos y dragones se matan unos a otros hasta que el hijo del jefe convive con un dragón y juntos llegan mucho más lejos. No es mal mensaje para un país como el nuestro, en el que la memoria histórica revive las dos Españas y caemos una y otra vez en la riña a garrotazos, sea por las ideas políticas (de derechas, de izquierdas), por los equipos de fútbol (del Madrid, del Barcelona) o por cualquier otra contienda.

¿Por qué Larsson estaba tan obsesionado por la violencia de género, en uno de los países más igualitarios del planeta? Según ha contado su amigo Kurdo Basi, en 1969 Stieg Larsson presenció la violación a una chica por parte de tres de sus amigos en un camping de Umea. El futuro periodista tenía quince años (la misma edad que ella) y no hizo nada por evitarlo. Pudo más la lealtad hacia sus amigos que ese terrible delito. Larsson llamó a la chica para disculparse. "Nunca te lo perdonaré", le respondió ella antes de colgarle el teléfono. Por las noches, escribió los tres libros mientras la voz de la chica (y sus terribles gritos mientras la violaban) seguían resonando en su interior. Fue la falta de perdón la que activó su imaginación y su talento literario. Está claro que Larsson deseaba ser redimido. Citando de nuevo al Dalai Lama: "Si no perdonas por Amor, perdona al menos por egoísmo, por tu propio bienestar".

La reina en el palacio de las corrientes de aire
Director: Daniel Alfredson
Nacionalidad: Alemania, Suecia y Dinamarca, 2010
Género: Thriller

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