
EL TÓPICO
Publicado el 29-03-2010 por Pilar Cambra.
Cuando el silencio prima sobre la charla, la conversación en una empresa, en un ámbito de trabajo, algo –y no bueno– está pasando: ¿temor, aburrimiento, enfrentamientos soterrados?
No hace falta ser un antropólogo de primera división –yo no lo soy, desde luego– para convencerse de que el ser humano no está hecho –salvo contadas y admirables excepciones como las de los consagrados voluntariamente a la clausura– ni para la soledad ni para el silencio…
Y ello es así en todas las parcelas de nuestra existencia: la vida afectiva, la familiar, la acción social, el ocio y, evidentemente, el trabajo… Hasta el punto que el maniático del aislamiento, el que siente asquito ante la compañía y la conversación padece una enfermedad de nombre bien terrible y concreto: misantropía… ¡Qué horror!: el misántropo, según la definición de la RAE, es "persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano"… ¡Dios nos libre!
Por eso me gustan, hasta el delirio, las empresas, los ámbitos de trabajo bulliciosos –lo que no equivale a vocingleros ni gritones; ni a que su "sonido ambiental" sea el de una olla de grillos–; aquellos en los que las consultas y las charlas son siempre bienvenidas, bien acogidas; esas empresas en las que, sin menoscabo de la laboriosidad y de la eficacia, las tertulias son un hábito en el que entremezclan –como debe ser– las cuestiones personales, las aficiones, las preguntas, las repuestas y, por supuesto, los asuntos de trabajo… En suma: me apasionan las empresas de puertas y bocas abiertas.
Porque el sonido de la voz, de las voces humanas, es vida, signo y símbolo de vida… ¡Nada hay más silencioso, más dominado por el silencio que los cementerios!, ¿o no?
Esas empresas pobladas por la palabra son las más libres, las más agradables… En ellas no hay que trabajar ni vivir con aquella especie de cepo en la boca del que se lamentaba amargamente don Francisco de Quevedo en estos versos célebres: "¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?"
Sin embargo, el alegre e inestimable carro de la libertad –sea de expresión o de sentimiento– necesita un auriga experto que lleve las palabras por el camino adecuado: la prudencia.
Porque, ya que estoy de citas literarias, les proporciono una que siempre me hace meditar por su acierto: "La lengua es un fuego, un mundo de iniquidad; es ella, de entre nuestros miembros, la que contamina todo el cuerpo (…) Todo género de fieras, aves, reptiles y animales marinos puede domarse y, de hecho, han sido domados por el hombre; sin embargo, ningún hombre es capaz de domar su lengua. Es un mal siempre inquieto y está lleno de veneno mortífero". Este estremecedor aviso pertenece a la Epístola de Santiago (capítulo 3, versículos 6 al 9).
Y lo cierto es que nuestra lengua, nuestras palabras, son indomables y puñeteras con excesiva frecuencia… Voy a citar sólo dos casos en los que, en nuestra existencia laboral, deberíamos tener un cuidado exquisito con lo que decimos, cómo lo decimos y a quién se lo decimos.
Primero: todos –bueno, vale: casi todos; excluyamos a aquellos que han llegado a un grado casi heroico de sinceridad a la par que de discreción– nos vemos tentados, de vez en cuando, por la adulación… Ese soltar la lengua a pacer por el prado del elogio inmerecido, exagerado a fin y efecto, claro está, de lograr algún beneficio del adulado… Y que conste que la lengua del "pelota", del adulador, no conoce fronteras: con tal de conseguir lo que quiere lamerá con sus palabras las manos del jefe o las del último mono de la empresa; regalará los oídos de amigos y de rivales o de enemigos… Y cuanto más experto sea el adulador más difícil resulta detectar su pasada de lengua por el lomo; porque el experto no es tan burdo como para limitarse al "¡eres el mejor, campeón!"… ¡No, no!: en la loa desmesurada sabe introducir algún "pero" que, aparentemente, empañe el brillo del manto con el que quiere revestir al adulado.
Segundo: la lengua y la palabra se vuelven tímidas, prácticamente inexistentes cuando más necesarias son en la empresa, en el trabajo… Si se desbordan a la hora de la adulación, se quedan secas e inactivas en el momento de la reconvención… Y no me estoy refiriendo a broncas, regañinas ni exabruptos; hablo de esas correcciones que todos –aquí sí que todos: hasta los mejores, los aparentemente insuperables e impecables– necesitamos para perfeccionar nuestro trabajo, para avanzar en nuestro grado de calidad humana y profesional, para no afincarnos en el error, para presentar disculpas –"pedir perdón" se llamaba eso hace mucho, mucho tiempo– y enderezar lo que hemos torcido.
…Y, entonces, ¿qué te voy a decir?, ¿qué quieres que te diga?... Como querer, todos querríamos que en nuestro trabajo nos dijeran que somos los más altos, los más rubios y los más guapos… Pero, obviamente, como necesitar, necesitar, lo que necesitamos es que nos digan la verdad. Y decirla. Aunque duela y cueste.