EL TÓPICO

Gran reserva

Publicado el 15-03-2010 por Pilar Cambra.

Quizá por contagios llegados desde otros ámbitos, creo que entre los usos y costumbres que más han cambiado en la empresa se halla el tratamiento –peor– de la intimidad de sus gentes.

Lo recuerdo como uno de los 'tragos' más tristes y difíciles en mi ya larga trayectoria profesional, que se dice (bueno: también se dice "dilatada trayectoria", pero prefiero "larga" porque lo de "dilatada" me suena a tener la figura como un globo. Y tampoco es eso).

El caso es que determinada persona que trabajaba conmigo y a la que yo apreciaba grandemente –nuestras relaciones eran, en verdad, mucho más amistosas que meramente profesionales– llevaba un tiempo encontrándose fatal: desgana, tristeza, errores en su trabajo, ausencias. Y un día se sinceró: "Todos creen que me estoy escaqueando, que he perdido las ganas de dar el callo, que no me esfuerzo… Pero lo cierto es que estoy mal, que me encuentro mal". Le pregunté inmediatamente, como es natural, si había ido al médico. "¡Claro que sí!", me respondió. "¿Y qué te ha dicho?". "Que tengo una depresión de caballo", aclaró bajando la voz hasta un volumen prácticamente inaudible. "Pero, por favor –añadió con una inconmensurable angustia–: ¡no se lo cuentes a nadie aquí, en la empresa!". "¿Por qué no? Tendrás que pedir la baja. Una depresión es una enfermedad; y puede llegar a ser grave. Tanto como una neumonía o más. Debes descansar, tomar los fármacos que el médico te indique…" "Ya, ya lo sé –concluyó–. Pero si digo que me doy de baja por depresión, nunca volverán a considerarme como antes, como ahora. Se correrá la voz y, aunque me cure, esa marca quedará para siempre en mi historial". ¡Yo no podía creer lo que estaba oyendo! Primero porque me parecía infumable que, a estas alturas de la historia en general y de la historia de la medicina en particular, aquella inteligente persona con la que estaba hablando, colega y amiga desde hacía tanto tiempo, me saliera con un prejuicio propio de la Edad Media, de las edades más oscuras, considerando la depresión como una lacra en lugar de lo que exacta y precisamente es: una enfermedad que se cura. Y, en segundo lugar, no me cabía en la cabeza que los jefes, colegas y subordinados se pusieran a chismorrear por las esquinas: "¿No sabes que X tiene una depresión? ¡Una depresión! Yo creo que eso lo cambia todo respecto a su futuro aquí".

Final (feliz) de esta historia: aquella persona se dio de baja por depresión, se curó y regresó al trabajo con más fuerza e ímpetu que nunca; de tal modo que siguió desarrollando una carrera brillante y contando con el aprecio de todos.
Sin embargo, creo que sus temores estaban más que justificados. La enfermedad, como tantos otros avatares de nuestra vida, es algo íntimo; algo que "para mí queda", como decía mi abuela. Pero hoy, en la empresa, tienes que dar cuenta de ella –como de otros pormenores no menos íntimos de tu vida– a gentes de cuya discreción no estás totalmente seguro.

De hecho, en los interrogatorios que preceden a una contratación –por ejemplo–, la "parte contratante" puede hacerte ciertas preguntas más propias de un reality show que de una entrevista de trabajo. No digo que siempre se hagan tales preguntas; pero tampoco son tan raras ni excepcionales como un ornitorrinco.

Y, por lo demás, la dictadura de la "naturalidad" –"muéstrate siempre como eres, no te cortes, no de prives, no te traumatices"– nos está llevando a casi todos a un "abrirnos en canal" cada dos por tres. Quiero decir que no nos importa, ni nos ruboriza contar lo que sea, a quien sea y cuándo sea. Incluso –y mayormente– cuando no es necesario ni viene a cuento.

Vamos por ahí –también por nuestra empresa, por nuestro lugar de trabajo– dando explicaciones innecesarias, ofreciendo tres cuartos al pregonero, desdeñando el pudor y la discreción como ñoños pruritos de señoritas decimonónicas… Y, claro, los pregoneros –que nunca faltan en la oficina– están más que encantados de lanzar a los cuatro vientos los pregones que nosotros mismos les hemos servido en bandeja.

Y una cosa les digo: la intimidad que se desparrama por ahí, sin la gran reserva que exige un mínimo de prudencia, jamás se recupera. Jamás de los jamases: esa intimidad es como la pasta dentífrica que sale del tubo. ¡Anda y trata de meterla de nuevo en él!

Que no, oye, que de ninguna manera: que una cosa es la naturalidad, la sinceridad, el hacer confidencias a quien se debe en la empresa, el no ser hermético como una roca y otra –distinta– es ser un bocazas o permitir que cualquiera se interne en el fuero de nuestra conciencia como Pedro por su casa. Aunque ese "cualquiera" sea quien nos paga el sueldo.

Un famoso periodista francés dijo que la intimidad de un político termina donde comienza el dinero público. Pues yo digo que la intimidad de un profesional, de todo profesional, comienza –y es inviolable– allí donde termina cuanto tenga que ver con su trabajo. El resto es el derecho al silencio.

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