
GUIDO STEIN
Profesor del IESE y presidente de Eunsa
Publicado el 08-03-2010 por
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"Y ¿Cómo van las cosas en España?" Con esta sencilla pregunta de un importante inversor centroeuropeo, buen conocedor de la Península Ibérica, acabo de caer en la cuenta real y personalmente de que por ahí afuera no tienen mucha confianza en lo que está pasando aquí adentro. Una cosa es lo que te cuentan los medios y la opinión imperante y otra tener que defender en vivo y en directo que España no está al borde del precipicio, aunque lo parezca.
Tras una hora de conversación exponiendo que es un momento dulce ( eine goldene Zeit) para invertir aquí, dado el recorte que se está produciendo en los precios de muchos activos, me temo que tuve tanto éxito como nuestros líderes.
Llovía sobre mojado, pues unas semanas antes, en los fatídicos días de febrero, fui testigo indirecto de como un gran fondo decidía reordenar (es decir, reducir) su exposición en el Ibex 35. Eso significaba vender una parte de las acciones en su poder de media docena de empresas, que por otro lado van individualmente muy bien, incluso mejor que otros competidores internacionales, pero eran españolas, y eso les perjudicaba. ¿Es que ser español juegue en contra?
En mi inconsciente saltó un resorte curioso. Me vinieron a la memoria los recuerdos juveniles de cómo a finales de la década de 1960 y principios de la de 1980 mi padre explicaba a colegas suizos, alemanes, ingleses o franceses, y a algún norteamericano, que España no era un desastre. Como a otros muchos se me había olvidado que ya estuvimos bajo sospecha. Efectivamente, la bonanza aletarga.
Me ha sorprendido la campaña mediática con el fin de restablecer un clima de confianza en las posibilidades que tenemos los españoles de salir de este monumental atolladero. Rezuma buena intención; sin embargo, la confianza es un sentimiento que se suscita precisamente porque no se reclama. Uno se fía de otro porque es de fiar, es decir, porque le ha dado muestras palpables de que responde con su comportamiento a las expectativas que crea con sus palabras.
La desconfianza nace del divorcio entre lo que se dice y lo que se hace. A partir de ahí, las explicaciones de porqué no se cumple pueden crear todavía mayor incertidumbre, que es la antesala de una desconfianza creciente. A las personas, y a los países los conocemos en sus acciones; aunque más elocuentes aún son sus omisiones.
La confianza crece en un paisaje en el que el compromiso serio sustituye a los comportamientos oportunistas y las apuestas de largo alcance arrinconan a las tácticas miopes de cortos vuelos. La lógica política –siempre electoral y cortoplacista– supone aquí y ahora un veneno que nos están administrando a raudales.
Durante la crisis bancaria a la que sobrevivimos hace casi tres décadas, cuentan que el presidente de una gran entidad con problemas fue al Banco de España con un nuevo plan para reflotarla. Allí le contestaron que gustosamente lo discutirían con su sucesor. Más claro imposible. Es la hora de la responsabilidad.