
Publicado el 24-02-2010 por Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.
Los lemas tradicionales son buenos no sólo porque sean breves, sino porque proceden de una época anterior a las sensiblerías y las sandeces.
Hace algunas semanas, escribí lo que pensaba que era la guía definitiva sobre cómo despedir un correo electrónico, y confiaba en haber aparcado el tema. Sin embargo, acabo de recibir un mensaje que me ha dado que pensar. Estaba firmado Audere est Facere, que es el lema del club de fútbol Tottenham Hotspur y que significa Querer es Poder.
No me gusta el fútbol. No me gustan los hombres que sólo saben hablar de sus equipos. No me gustan las exhortaciones cursis. No entiendo el latín. Pero hay algo en todo esto que me atrae. De hecho, siento cierto extraño atractivo en otros lemas de equipos de fútbol. Me gusta el de Bury St Edmunds: Vincit Omnia Industria (Con Esfuerzo se Consigue Todo); y el de los Blackburn Rovers: Arte et Labore (Habilidad y Esfuerzo) incluso más.
Las escuelas también tienen algunas consignas conmovedoras. Hace algunos años Gordon Brown fue objeto de muchas burlas por decir: Usque Conabor (Me Esforzaré Más). Sin embargo, considero que es el mejor consejo posible para todo estudiante –y primer ministro–.
Un lema incluso mejor es el sorprendentemente honesto Nous Maintiendrons –que es la expresión francesa equivalente a Sigue Intentándolo–.
Estas consignas, aunque maravillosas en sí mismas, tienen mucho por lo que responder. Los victorianos que las acuñaron estaban sentando la base de algunas de las prácticas más cuestionables del management. Son las responsables de las declaraciones de objetivos y fueron el inicio de la industria de la autoayuda.
El lema de mi propio colegio, el Camden School for Girls, era Arriba y Adelante (que, con 14 años, encontrábamos desternillante). Sin embargo, este sentimiento es el responsable de miles de libros de autoayuda que dicen en unas 50.000 palabras lo que esta misma frase en sólo tres.
Los lemas tradicionales son buenos no sólo porque sean breves, sino porque proceden de una época anterior a las sensiblerías y las sandeces. También son lo bastante fuertes como para sobrevivir al ridículo.
En William Ellis, la escuela de chicos de la calle donde crecí, su (para mí, excelente) lema –Mejor la Utilidad que la Fama (Rather Use than Fame)– fue deformado por los chavales, que taparon algunas letras de forma que ahora se lee: Mejor Tú que Yo (Rather U than Me).
El latín es muy útil para dotar de cierta fuerza a las consignas. Esto se debe, en parte, a que aporta cierto aire de sofisticación, sabiduría y tradición. Pero también porque la mayoría de las personas no saben lo que significa y tienen que esforzarse para averiguarlo. Una vez hecho, cualquier posible trivialidad en el significado real queda camuflada. Además, es casi imposible decir algo hortera, impreciso o estúpido en latín –sin duda, su mayor ventaja–. Una de las exhortaciones de peor gusto del management es: Actúa en Consecuencia con tus Palabras. Traducido al latín da Res non Verba, que es elegante y profundo, además del lema de una escuela privada de Yorkshire.
Esto me lleva a sugerir que todas las declaraciones de objetivos deberían traducirse al latín, y desecharse aquellos casos en los que la conversión fuera imposible. Nuestro objetivo es el de añadir valor para nuestros accionistas externos supondría un serio quebradero de cabeza para un hombre con toga, así que tampoco tiene cabida en el mundo moderno.
He decidido que necesito un lema para la cabecera de mi columna y el cierre de mis correos electrónicos. He estado barajando Vox Clamantis in Deserto, que significa Una Voz que Clama en el Desierto, y es el eslogan del Dartmouth College, en EEUU. Pero creo que expresa cierto engreimiento y, en cualquier caso, no es adecuado, ya que ni estoy clamando ni estoy en un desierto. Así que he optado por crear el mío propio. En inglés es Llama a las Cosas por su Nombre, pero he conseguido que alguien me lo traduzca al latín, y estoy encantada con el resultado: Nomina Rutrun Rutrum.