¡Que no mató al gato!

Publicado el 03-02-2010 por Pilar Cambra.

Aclarémonos, porque una parte importante de nuestra eficacia profesional puede depender de ello: una cosa es meter las narices donde no nos llaman y, otra, preguntar lo que necesitamos saber.

Yo creo que es un infundio... O, al menos, no están aclarados todos los pormenores y circunstancias. Así que me parece cuando menos frívola esa advertencia proverbial que te largan muchas veces, en cuanto pones cara de querer inquirir… O sea: “¡La curiosidad mató al gato!”
¿Ah, sí?... ¿Y qué era lo que el pobre gato finado quería saber?, ¿había un cartel avisando del extremo peligro para los gatos curiosos?, ¿sabía leer el gato?...

No, en serio: en los últimos tiempos, la curiosidad puede seguir derroteros muy distintos y provocar reacciones radicalmente diferentes; de una parte hay ciertos "profesionales de la curiosidad" –por llamarlos de una manera caritativa– que se están forrando el lomo en los medios de comunicación escritos y audiovisuales –también es caridad cristiana decir que esos medios se dedican a la "comunicación"–… Se trata de esos seres husmeadores como los hurones, gritones como pájaros de mal agüero, con los principios morales de una babosa que se ganan la vida –¡já: y tan ricamente que se la ganan!– hurgando hasta los higadillos en las existencias ajenas, restregando los trapos más sucios por el morro de su encandilada audiencia y presumiendo de tener ojos y oídos puestos hasta lo más íntimo y recóndito que sucede en cualquier parte… Lo que sucede en las alcobas, especialmente… Para la curiosidad carroñera de tales tipos –y tipas– no hay tapia que no se pueda saltar: ni la de los hogares, ni siquiera la de los hospitales… Los perseguidos y acosados por esa "curiosidad" no se pueden acoger a ningún sagrado.

En cuanto a las reacciones, ya digo que hay quien se pirra por seguir la huella de estos destrozones de higadillos, corazones, honras y haciendas. Sin las audiencias millonarias que consiguen, tales destrozones no serían considerados mucho más que despreciables comadres cotillas.

Pero también hay quien, en el otro extremo del movimiento del péndulo, comienza a sentir un asquito tremendo por la curiosidad, por cualquier curiosidad, por todo tipo de curiosidad… Y ello se nota bastante en la empresa, en el trabajo… A muchos jefes, colegas y subordinados les molaría que quienes comparten tarea con ellos fuesen como uno de los tres monos indios; concretamente, como el que se tapa la boca, tan contento… ¡Pues se equivocan de medio a medio!

La curiosidad bien entendida, el afán de saber más es uno de los motores del mundo, de la empresa, del trabajo… Y no diría yo que no se encuentra entre los más potentes e importantes. Eso queda clarísimo en el ámbito científico: si Newton no hubiera estado intrigado por el hecho de que todo cae al suelo en lugar de flotar no tendríamos Ley de la Gravedad; si Fleming no se hubiera preguntado qué efectos se derivarían del moho surgido en uno de sus experimentos no dispondríamos de la penicilina…

La curiosidad puede acarrear algún disgusto… A Galileo se le cayó el pelo cuando, perplejo ante el movimiento de los astros, halló la clave: era la Tierra la que se movía alrededor del Sol y no al revés; pero la verdad es que la persecución y la angustia que Galileo sufrió en su época puede darlas por compensadas con el agradecimiento de toda la humanidad.

Y es que lo que creo yo que pasa es que no se puede meter toda la curiosidad en el mismo saco… Por volver al cadáver del gato, habría que especificar muy bien qué tipo de "investigación" se llevó a la tumba al pobre felino.

Así, grosso modo, podríamos clasificar la curiosidad en seis grandes categorías que, como se comprobará de inmediato, se oponen entre sí: sana/insana; práctica/inútil; conveniente/inconveniente.

La curiosidad sana, práctica y conveniente me parece no sólo útil en el trabajo: creo que es imprescindible… Hasta el punto de que yo, en la empresa, desconfío mucho más de quien no pregunta nada que de quién lo pregunta casi todo (aunque el preguntón resulte, no pocas veces, un tanto pesado, un poquito vaca en brazos). Porque estoy convencida de que quien no plantea ningún interrogante puede ser un listillo que va de sobrado por la vida laboral; un pasota al que le daría lo mismo realizar la tarea que tiene entre manos que vender globos en un parque; o un timorato con peligroso exceso de timidez.

Quien pregunta, en cambio, sabe que hay muchas cosas –de la empresa, de su tarea, de su encargo– que no sabe y tiene la humildad suficiente para confesarlo, para hacer pública y notoria su ignorancia de determinados datos y pormenores… Si, encima, el curioso, el preguntón, es prudente y sabe cuándo, qué y a quién plantear sus dudas, ¡miel sobre hojuelas!

Así que, por lo que a mí respecta, nada de gatos finados… Preguntando con tino, con delicadeza, oportunamente, no sólo se va a Roma; también se consigue avanzar en el trabajo y perfeccionarse profesionalmente. ¿Alguna otra duda?...

Publicidad