Jesús Vega, conferenciante y escritor

'Capercucita' se comió al lobo

Publicado el 18-01-2010 por

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El Lobo Feroz llegó al bosque a las 9 de la mañana, como cada día. Bostezó y se dispuso a cazar alguna presa. Mientras esperaba le vinieron a la cabeza los tiempos en que no cazaba solo, sino en manada. Eran buenos tiempos: correr por los bosques en compañía, ayudar y ser ayudado cuando se necesitaba, aullar a la luna llena como salvaje orquesta... Sin embargo, a veces, el resto de sus congéneres le sacaban de sus casillas. No eran cosas importantes, lo sabía, pero le provocaban una cólera, una ira que, al final, le generó el apodo de el Feroz. Y no sólo eso. Finalmente, al no poder reprimir su mal genio, fue expulsado de la manada.

Al principio le dio igual: seguía siendo un poderoso y experto cazador. Encontraba sus presas con la misma maestría con la que lo hacía con la ayuda de su manada. Era tan habilidoso y despiadado que empezó a alterar parte de sus costumbres. Ya no variaba tanto sus territorios de caza (“¿para qué voy a moverme tanto? Aquí, en mi parcela de bosque, tengo presas suficientes...”).
Al no desplazarse, al no correr tanto, nuestro Lobo Feroz comenzó a aumentar su grasa corporal (además, no había nadie que le avisara de los cambios negativos que se estaban operando en su fisonomía). Por si fuera poco, la sombra de la soledad le aconsejaba mal. Como no tenía amigos, decidió aumentar el número de enemigos. “Ya que no me aman, que me odien”. El Lobo Feroz usaba su ferocidad para molestar a los animales de los que no se podía alimentar. Estos comenzaron a avisar de la presencia del Lobo Feroz a sus presas potenciales.

El Lobo se desperezó de nuevo. De repente, vio una pequeña sombra roja a lo lejos. Todos sus sentidos se pusieron alerta. Era una niña. Se relamió: presa fácil, no tendría que correr mucho. Se acercó lentamente y, cuando estaba a punto de saltar sobre ella, la niña, Caperucita (previamente avisada por una ardilla amiga) sacó una pistola de su cestita, apuntó al sorprendido Lobo y le disparó, causándole fiera muerte.

Ya sé que el cuento ha cambiado. Présteme su complicidad. Pero ¿qué cuento, qué realidad, no ha cambiado? Sin embargo, el relato nos deja algunas reflexiones que podemos utilizar (válidas tanto para nuestro desarrollo profesional como para dirigir nuestras instituciones):

El Lobo Feroz no supo trabajar en equipo. Se convirtió en cazador vulnerable por su soledad. No tenía quien le ayudara y le dijera la verdad. Lejos de buscar nuevas aliados, se ganó innecesariamente nuevos enemigos.

El Lobo se convirtió en predecible, siempre acechando en los mismos parajes. Cuando hacemos siempre lo mismo, de la misma manera, damos información clara para ser batidos. La rutina, por otra parte, debilita músculos, espíritus y mentes.
El Lobo engordó. Perdió reflejos y velocidad. Exactamente lo más necesario en este siglo XXI.
¿Predecible? ¿Exceso de confianza? ¿Con unos kilos de grasa empresarial de más? ¿Solitario por ser incapaz de escuchar y ser escuchado? Mire a su alrededor. Encontrará profesionales o empresas con esas características. Que tengan cuidado. O serán fulminados por Caperucita, de menor tamaño pero más ágil, mas despierta, mejor relacionada.

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