VQMQCE

Publicado el 11-01-2010 por Pilar Cambra.

Uno de los contribuyentes –con sus comentarios, ¿eh?– más o menos asiduos de mi blog firma así sus textos: VQMQCE… A primera vista, un jeroglífico; a segunda, un deseo profesional masivo.

Sí, sí: la primera vez que apareció esta extraña firma en el blog me quedé tan desconcertada y perpleja y boquiabierta como ustedes… Y, por extravagante y surrealista que parezca, la asocié al SPQR (Senatvs Popvlvsqve Romanvs), el lema que aparece en los lábaros del imperio romano… Será que, durante mi vida cinéfila, he visto demasiados peplums, como se conoce al género de sandalia y gladiadores.

Y, aunque cueste creerlo, servidora es lo bastante tímida y pudorosa como para preguntarle al visitante de mi blog, de frente y por derecho, qué diantres de frase se escondía tras esas siglas; pero, feliz y afortunadamente, otros asiduos tuvieron el valor y el arranque suficientes para hacerlo. De inmediato, el enigmático VQMQCE desveló su secreto: "¡Pero si es facilísimo: Virgencita, Que Me Quede Como Estoy!"

En estos días de transición entre el viejo y hosco año 2009 y el recién nacido y todavía imberbe 2010 he recordado en algún momento a mi buen VQMQCE y al tembloroso deseo que se enmascara tras su firma. Porque son muchos, variados y hasta delirantes –en ciertos casos– los rituales que hemos ido elaborando –y obligándonos a cumplirlos, aunque caigan chuzos de punta, no anden el cuerpo y el ánimo para jotas ni esté la Magdalena para tafetanes– para vivir la transición de un año a otro… Primero fue, simplemente, la ingestión de las doce uvas; luego importamos detalles picarones como lo de la ropa interior de color rojo; y, también, lo de tomarse la primera copa de champán con algo de oro sumergido en el burbujeante líquido; y, además, adelantando el pie derecho… Etcétera, etcétera, etcétera… Sin embargo, lo que permanece incólume desde hace tiempo casi inmemorial es la frase "feliz entrada y salida" –me hace mucha gracia: como si los años fuesen el Metro– y, por supuesto, el cúmulo que buenos deseos que enviamos a los que queremos y hasta a los que no apreciamos tanto, porque así somos de rumbosos… Los teléfonos –móviles o convencionales– o el correo electrónico se colapsan, atragantados por esas palabras que, de lo importantes que son, merecen escribirse siempre con mayúscula: TDLM, diríamos en el lenguaje de mi comentarista del blog… Te Deseo Lo Mejor: Salud a manos llenas, Amor a raudales, Fortuna… Nuestras bocas son como ese Cuerno de la Abundancia del que brotan todos los bienes de la tierra y hasta del cielo.

Pero este año, ¡ay este fin de año!, en lo que hace referencia al trabajo, a la profesión, a lo empresarial, sólo nos hemos atrevido a susurrar –creo– un modesto y vacilante "¡que nos quedemos como estamos!"…

No crean que no comprendo –y hasta comparto en cierta medida– este conformismo, esta prudencia, esta especie de "imperativo categórico" de no pasarnos de optimismo; en resumen: no queremos dar el patinazo de desear y desearnos nada más de lo que parece razonable.

Que sí, que sí, que está el patio económico/empresarial/laboral de un siniestro que echa para atrás; parece uno de esos oscuros callejones de Nueva York en los que, a medianoche, aguardan las ratas y el fin…

Sin embargo, una no puede remediar la necesidad de "crecerse en la adversidad"… Así soy yo y, como dice mi santa madre, "genio y figura, hasta la sepultura"… Quiero decir que en lo vital, en lo profesional, en lo laboral, creo que siempre hay que proponerse y proponer el cien para, posteriormente, admitir que el tiempo, las circunstancias, las contrariedades y – si lo quieren – hasta el mal fario, nos dejarán varados en la cota cincuenta; tal vez en la setenta, con muchísima suerte y no menos esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas.

Pero si ya empezamos con el "que me quede como estoy" de las narices, lo más probable es que retrocedamos del "como estoy" a peor… No porque nos hayan echado una maldición sino porque nuestro propio ombligo encogido es la peor disposición posible del mundo para avanzar, para trepar por los obstáculos, para buscar salidas en esos callejones oscuros del Nueva York nocturno.

Cierto, ciertísimo: las oportunidades son menores –mínimas, incluso– y los obstáculos, mayores. ¿Insalvables? No, no puedo creerlo: la historia de la humanidad –incluso de la humanidad dedicada a los negocios– es más una sucesión de toñazos que de triunfos; y, sin embargo, seguimos adelante, asomando la cabecita por los brocales de los pozos y trepando desde el fondo de los fosos.

¡Sí señor!: hay que ser ambicioso y, sobre todo, exigente… Comenzando por exigirnos a nosotros mismos sacar fuerzas profesionales de cualquier flaqueza laboral. ¡Sí señor!: vamos a por el cien con uñas y dientes, con laboriosidad y sacrificio, con ganas y sin desánimo y ¿conseguiremos el cuarenta? Pues no está tan mal, oye…

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