
EL TÓPICO
Publicado el 28-12-2009 por Pilar Cambra.
¡Es que no lo podemos remediar! El "balance personal/profesional" es, en estas fechas, como carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos. Y, ¿saben qué les digo?: que me parece muy sano.
En efecto: los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, Charles Dickens… La historia de la Literatura –de la gran literatura– tiene siempre abierto un lugar especial y entrañable para los cuentos de Navidad. ¡Y que no falten (ni los cuentos, ni la Navidad, digo)! También nuestra memoria infantil, familiar, está poblada de esos cuentos que amenizaban las reuniones de estas fechas y que tan bien se le daban a la tía Dora, por ejemplo, que sabía armonizar a la perfección las tristezas con las esperanzas, las situaciones trágicas con los finales felices, que es lo que se impone y mola en estas narraciones.
Y, si se fijan ustedes –que se fijan, ya sé que se fijan–, algunos de estos cuentos de Navidad –especialmente el más famoso entre los famosos, el de Dickens– son algo bastante parecido a lo que brota de nuestro interior, de nuestras entretelas personales y profesionales en estos días de Navidad-Fin de Año: un balance, unas cuentas… Unas "cuentas de Navidad" más sobre vidas que sobre haciendas, más sobre metas alcanzadas –o esfuerzos desperdiciados; o cobardías flagrantes– que sobre dineros amasados. Así es, aunque así no nos parezca a primera vista…
Ya les he contado en algún Tópico anterior –¡soy más pesada que una vaca en brazos!– que, como lectora, éste ha sido mi "año Kapuscinski", el periodista polaco –mucho más que eso, con todo el respeto y la admiración que siento por esta profesión, que es la mía a mayor abundamiento…–, ganador del Premio Príncipe de Asturias y considerado por una multitud de profesionales del ramo como uno de los más insignes, inteligentes e innovadores reporteros del siglo XX… "Estrené" la obra del autor allá por agosto, con Ébano y sigo y sigo y sigo –como los conejitos que anuncian pilas alcalinas– prendada y prendida de ella… Ahora me hallo cautivada por Los cínicos no sirven para este oficio (Anagrama, 124 páginas), un breve volumen que recoge una serie de entrevistas que le hicieron a Kapuscinski y en las que habla de su concepción del trabajo de informador y comunicador.
Me gustaría ofrecerles como regalo de Navidad y Año Nuevo –y como pórtico de la reflexión con la que finalizaré este texto– tres frases de ese libro. Primera: "La clave de todo está en el interés recíproco". Segunda: "Para ser aceptado hay que aceptar a los demás". Tercera (y re-difinitiva): "Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina 'empatía'. Mediante la empatía se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás".
Fin de Kapuscinski. Y, ahora, a lo que iba desde el principio con las "cuentas de Navidad": ustedes, natural y justamente, harán lo que quieran; pero servidora, en el presente ejercicio, se va a entregar, con sinceridad rabiosa –y, supongo, hasta algo dolorosa– a un examen profundo y descarnado de su "empatía" en el año que ahora boquea con estertores de fallecimiento… Porque sí, porque entre todos los balances posibles, el más útil y necesario para mi presente y futuro profesionales –y presente y futuro vital, ni qué decir tiene…– es precisamente ése que me ha sugerido el admirado periodista polaco: cómo han ido –y porqué "no han ido" en demasiadas ocasiones– mis relaciones con jefes, colegas, subordinados, etcétera… ¡Cuan sorprendente y paradójico es que, en un ámbito como el empresarial, el del trabajo, en el que la perenne compañía del "otro" es obligatoria, suframos tantas veces de soledad! Sí, soledad: extrañamiento, aislamiento, apartamiento… ¿Cómo que "comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias"?, ¿cómo que "convertirse inmediatamente, desde el primer momento", en parte del destino del otro, del que se sienta a nuestro lado, del que nos manda o de aquel al que mandamos?... ¿Acaso no tenemos bastante –y hasta de sobra– con nuestros propios o intransferibles intereses, dificultades y tragedias, que no son pocos y espinosos en estos tiempos laborales?... ¡Pues buena es la que está liada en la empresa, en cualquier empresa, para parar mientes en los agobios del "otro", de los otros!
Pues muy bien. Lo que ocurre –y ocurre siempre– es que uno no puede confiar en que, de bóbilis, bóbilis, recibirá lo que no da, lo que no está dispuesto a dar… Si en nuestro balance aparece un "insuficiente" como una casa en "empatía", probablemente nosotros mismos seamos el personaje antipático e infeliz del cuento de Navidad. Y eso, naturalmente, es lo que no deseo para ninguno de ustedes… Al contrario, muy al contrario: junto a mis felicitaciones les envío la sugerencia de declarar a 2010 "año de la empatía laboral". ¿Aceptan?...