
José Manuel Casado
socio de Talent & Organization Performance de Accenture
Publicado el 30-11-2009 por
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La contradicción entre el sistema educativo y el productivo es un hecho: el bache entre ambos parece insalvable y su divorcio irreconciliable. Son sistemas que ni se hablan ni relacionan entre sí y, lamentablemente, no parece que vayan a hacerlo. La empresa no está en la universidad ni en la escuela, ni la escuela ni la universidad están en la empresa. Una cosa es lo que el sistema educativo produce y otra muy distinta lo que el productivo necesita. ¿Se imagina que en su empresa el área de formación no tuviera en cuenta las necesidades de producción o de negocio que su corporación tiene a la hora de planificar el tipo de formación que hay que impartir? ¿Qué pasaría si su empresa se dedicase a fabricar aviones o fuese una entidad financiera y su departamento o área de formación impartiese programas, por ejemplo, de Ornitología? Algo parecido sucede en nuestro país entre la universidad y la empresa. El sistema educativo produce títulos que el sistema productivo no necesita y deja de producir otros que sí se requieren.
La escuela y la universidad enseñan a memorizar, y las empresas necesitan gente que sepa pensar; el sistema educativo se sustenta sobre la memoria y las organizaciones demandan competencias. Las empresas necesitan del máximo esfuerzo de todos y cada uno de sus trabajadores, pero el sistema educativo fomenta el mínimo esfuerzo. Nuestro sistema educativo se basa en la industrialización de la información de la memoria, en el que se sirve un frío y amargo café para todos que ignora las más evidentes bases del aprendizaje individual.
Además, la educación se edifica sobre la prosa y la letra de la vieja Europa, que se manifiesta en una especie de alergia a los números, lo que se traduce en que nos falten sobre todo personas de ciencias: ingenieros, químicos, físicos, matemáticos... Y que nos sobren abogados, filósofos o psicólogos. Estamos perdiendo interés por lo básico –ciencias, trabajo duro y ahorro– y convirtiéndonos en una sociedad postindustrial subvencionada y especializada en el consumo y el paro. España tiene la mayor proporción de titulados universitarios de los países con los que quiere competir, pero sólo un 12% de la población habla inglés a la vez que padecemos, paradójicamente, una preocupante escasez de profesionales en sectores como el sanitario, tecnológico o químico.
Hace un par de semanas el suplemento Mercados de El Mundo publicaba las recomendaciones para salir de la crisis de cien personalidades del mundo de la empresa en España. Casi todos coincidían en la necesidad de renovar el sistema educativo para adaptarlo al productivo.
Es necesario que los políticos se olviden de sus rencillas, –que importan muy poco a los ciudadanos– y que piensen en la competitividad de nuestro país; y eso significa entre otras cosas establecer una mayor coherencia entre la educación y la producción. Por ello, y porque sería más que deseable para el futuro de nuestra competitividad, me atrevo a proponer la creación de un Ministerio de Educación para el Trabajo –digo para el Trabajo y no Educación y Trabajo– entre cuyos ratios de gestión debería aparecer la adecuación entre la universidad y la empresa y el porcentaje de empleablidad de los títulos.