
EL TÓPICO
Publicado el 30-11-2009 por Pilar Cambra.
Serían útiles aunque, de entrada, no resultaran excesivamente simpáticas: ¿por qué no "guías del fracaso" y cómo evitarlo, por supuesto? Si alguien las edita, yo las compro, fíjate.
No sé si ya lo he contado alguna vez… Si lo he hecho, ustedes me perdonarán la reiteración y el ataque de desmemoria; el caso es este: ¿Sabían que, en cierta ocasión, provoqué un cortocircuito, y fundí todos los plomos de la finca en la que vivía?... Yo me disponía, toda fragosa y animada, a instalar una lámpara de pared en mi casa; agarré los cables –los que salían de la pared y los de la lámpara– y los uní bien uniditos, mezclados unos con otros; a continuación enrollé el amasijo con mucha, pero que mucha cinta aislante: como un metro de cinta aislante. Le di al interruptor y ¡chás!: chispazos como fuegos artificiales en mi casa y todos los plomos de la casa fundidos… Conclusión: como electricista fui, soy y seré un fracaso rotundo, absoluto e irrecuperable.
Pregunta lógica e inevitable: Tras aquel incidente/accidente, ¿me he dado por vencida en todo tipo de reparación doméstica, me considero un peligro para los arreglos, he dejado las manitas quietas para siempre, que van al pan y con las cosas de comer no se juega? Pues, no.
Desde luego, a la rama eléctrica, ¡ni acercarme! Pero, en cambio, he descubierto que, con un tubo de loctite –esos pegamentos a los que nada se les resiste y que yo llamo “las bestias”– a mi disposición soy ¡invencible!... Como se lo cuento: no hay superficie rota, quebrada, agrietada que se me resista. He reparado patillas de gafas, platos de finísima porcelana, mangos de cafeteras, correas de relojes; y tampoco se me da mal el apaño a base de silicona para remediar los pequeños escapes de agua, las baldosas que se caen o los botes sifónicos que no terminan de encajar del todo. Mis chapuzas en estos campos perduran; hasta el punto de que, en casa, basta la petición de "¡ven con el tubo de 'la bestia'!" para que me arremangue y me disponga a desfacer ciertos entuertos.
¡Ay de mí si, tras la catástrofe eléctrica que provoqué, me hubiese hundido en la miseria y hubiera renunciado a usar mis manazas para remediar los pequeños estropicios domésticos!... Y es que el fracaso es como una bestia amenazante y peluda que nos asusta, nos desanima y nos da una fuerte bofetada en toda la extensión de nuestra autoestima.
Y, si nos referimos al fracaso profesional, laboral, ¡ya no quiero ni contarte! Estamos tan imbuidos de la idea de que sin éxito –éxitos continuos, permanentes, más notorios y clamorosos cada día– no hay vida que el fracaso, el castañazo se nos aparece como una muerte, un deceso lento; o, al menos, como un coma irreversible. Por eso, quizá, hay bibliografía interminable compuesta por “guías hacia el éxito” y estamos casi huérfanos de "guías sobre el fracaso".
Error, me parece a mí; en primer y principal lugar porque, en numerosas ocasiones, jamás se llega a alcanzar el éxito profesional sin un abultado prólogo de pequeños o grandes fracasos… Los errores, los trompazos, las equivocaciones –fundir todos los plomos de tu finca– no son sino los escalones que conducen directamente a la cima del éxito. Y ya está.
No entra en mis planes ni en mis cálculos redactar tales "guías del fracaso"; pero si alguien se anima, ofrezco algunas ideas para capítulos de esa guía.
En primer lugar, salvo en el cine y en las pistas del circo, no existen "mujeres y hombres para todo". No: ni supermanes ni superwomen… Cada cual ha recibido de la Providencia unos talentos concretos, todos valiosos. O sea: profesionalmente, uno puede ser un negado total para los números y, en cambio, un artista de la comunicación interna; o de la transmisión de saberes; o de la venta; o de la compra.
En segundo lugar, como no somos truchas ni salmones, nos resulta imposible trabajar/nadar siempre contracorriente de lo que somos y apetecemos. Trabajar constantemente en algo que nos repele es imposible. Si nos vemos obligados por las circunstancia, por la necesidad, por el 'imperativo categórico' de ganarnos los garbanzos, podremos hacerlo durante algún tiempo… Pero sepamos que la desgana, el disgusto, son vías principales y mayormente directas hacia el fracaso.
En tercer lugar, escuchemos con atención no tanto a los que han triunfado como a los que han fracasado. Pidámosles que nos cuenten especialmente cómo superaron sus traspiés. Y tomemos buena nota de ello.
Y, en fin, ¡fuera depresiones y pensamientos negros!: el fracaso –el machacarse todos los plomos de una finca– no es sinónimo absoluto de inutilidad, de ineptitud. Simple y sencillamente estábamos ocupándonos de lo más inadecuado –para nosotros, para nuestros talentos– en el momento más inoportuno: estábamos trabajando en el proyecto menos indicado en la temporada menos propicia. "El fracaso como oportunidad de conocerse y conocer"… Aunque un pelo largo, no es tan mal título.