
Publicado el 24-11-2009 por Pilar Cambra.
No tengo nada contra ellos. Al contrario: o el mundo se fía de los expertos –en casi todos los campos, incluido el empresarial– o lo lleva (llevamos) crudo. Fe, sí. Pero no ciega.
Quizá muchos de ustedes conocían el hecho… Tal vez tenían noticia de él todos ustedes, porque "entre todos lo sabemos todo", que se dice. Pero yo lo ignoraba por completo: estaba en Babia, a por uvas y más perdida que un pulpo en un garaje… Sin embargo, ahora ya lo sé: por circunstancias que no vienen al caso, me enteré hace unos días de que, diseminados por muchos lugares de España, existen centros en los que se almacenan y se conservan vivas todas, absolutamente todas, las semillas –concretamente, de cereales– de especies autóctonas. Estos centros llevan el bonito y expresivo nombre de El Arca de Noé.
Parece sencillo, ¿no?: Ante la posibilidad de que tales especies de cereales –propias e intransferibles de la Península, tal cual el botijo o la boina con rabico– desaparezcan, dada la tendencia de ciertos agricultores a sembrar grano foráneo –más resistente, más productivo o lo que sea–; y dado que, algún día, estas semillas guardadas en las arcas de Noé pueden necesitarse de nuevo, se han creado estos centros que las preservan, las miman y las cuidan como oro en paño.
Pero he aquí que, para conocer más detalles sobre esta interesante historia, tres personas recibimos el encargo de "hablar con el experto", de entrevistar al responsable de una de estas arcas de Noé de los granos y cereales… ¡Nunca debiste hacerlo, forastero!... El tal experto era educadísimo, amabilísimo, con unas ganas inmensas de agradar y de paliar nuestra ignorancia… Pero no le entendimos ni una palabra. Ni jota… O bien nuestras preguntas –bastante directas, por cierto; tipo "¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo?"– no fueron las precisas e indicadas, o bien el sabio caballero, el "experto" al que se las planteábamos, sufría un mal no infrecuente en este tipo de profesionales: la adición a la jerga. Usaba el caballero unos términos tan especializados, tan abstrusos y confusos que, al final de sus ¿aclaraciones?, nos quedamos como el famoso "negro del sermón": con la cabeza caliente y los pies fríos. Como el hielo, oigan.
Y quien dice "experto del Arca de Noé", de los granos y cereales, puede decir especialista en cualquier materia, desde las más elementales a las más complejas: desde la jardinería a la bioastronomía (que existe, ¿eh?), de la medicina a las finanzas, desde el derecho al exterminio de plagas… Por lo general –aunque haya infinitas y benditas excepciones–, el "experto" se ha pasado tantísimo tiempo dedicado a su tema, estudiándolo desde todos los ángulos y facetas, le apasiona tanto su saber, ha profundizado tal barbaridad en su campo, que, simple y sencillamente, ya no sabe hablar como los profanos… En la mayoría de ocasiones, el "experto" ni se da cuenta de la distancia sideral que separa su lenguaje del de aquel que lo escucha y que espera su dictamen; en otras, en cambio, el "experto" lo hace a propósito para marcar su territorio, para dejar bien claro la inconmensurable diferencia que hay entre sus conocimientos y los del común de los mortales, que somos nosotros.
¿Creen ustedes que me estoy refiriendo a situaciones raras, a experiencias que sólo "sufrimos" de uvas a peras?... Pues, ¡hala!, cojan el manual de instrucciones del último teléfono móvil, de la última cámara fotográfica, del último electrodoméstico que han adquirido –redactado por los "expertos" en el cacharro– y… ¡a ver si son capaces de entender dos frases seguidas en una primera lectura!... O consulten a los máximos “expertos” de su empresa, de su negocio, sobre un tema del que ustedes tienen pocos conocimientos: distribución de recursos, gerencia del tiempo, marketing, sistemas de comunicación informática… Dificilillo el entendimiento inmediato, ¿no?... Claro que lo mismo podrían decir de ustedes ellos, los "expertos" que he mencionado en primer lugar. Y es que a todos nos mola demostrar, de vez en cuando, aquello que decía la jota: "En esta burra de conocimientos mando yo, yo soy el amo de esta burra".
Sí, Houston: tenemos un problema; en ciertas ocasiones, un grave problema… Ciñámonos al terreno de lo empresarial, de lo laboral: dados los múltiples elementos, la casi infinita variedad de saberes que hay que conjugar para que el "invento" que dirigimos, en el que laboramos, funcione¡, y funcione bien.
Los "expertos" resultan tan absolutamente imprescindibles como el pan para el hambriento y el agua para el sediento… Pero, ¿cómo solucionar el embrollo que supone el no entenderse, el no entendernos, el que exija tanto tiempo descifrar su jerigonza?
Creo que este callejón sólo tiene una salida: la sencillez hermanada con la humildad… Esfuerzo de sencillez de los "expertos" para hablar en un lenguaje inteligible, apto para los "no iniciados"; y humildad para confesarle al "experto" que no hemos entendido ni una palabra, que le rogamos que comience otra vez desde el principio.