EL TÓPICO

El salario da miedo

Publicado el 10-11-2009 por Pilar Cambra.

Salvo para quejarse de él o porque así lo demande la declaración de impuestos o una rendición de cuentas ante la opinión pública, ¿habla usted con frecuencia de su sueldo?, ¿no?, ¿por qué?

El miércoles 28 de octubre de 2009, según los datos y mediciones de audiencia más fiables, el minuto de oro no lo consiguió ningún "gran hermano" (ni hermana), ningún reality show de los que pugnan por hallar la basura más cochambrosa en los estercoleros de la sociedad, ninguna serie en la que adultos y adolescentes se dedican a dar rienda a suelta a sus libidos patológicas, ni ningún debate sedicentemente político en el que el florete verbal busca la primera –y la última– sangre del adversario.

Pues va y no: el minuto de oro del miércoles 28 de octubre de 2009 –a lo mejor valdría la pena anotar esta fecha como histórica– se lo ganó, en buena ley, un reportaje aparentemente anodino de Televisión Española, La 1 de TVE. ¿El tema?: "¿Cuánto gana usted y cómo?".

No creo que sea aventurado suponer que, dado el esfuerzo hercúleo que supone en estos momentos obtener –honradamente, por supuesto– lo necesario para vivir dignamente, con no más de lo necesario y suficiente para uno mismo y los suyos, el éxito de este programa tuvo mucho que ver con una sana curiosidad de los espectadores: "¡Vamos a ver cómo se las arreglan los demás!", debieron decirse… Y se dijeron bien.

En el reportaje pudo conocerse, por ejemplo, una buena muestra de lo que puede ser el pluriempleo de nuestros días. Una figura que parecía olvidada, propia de los primeros capítulos de Cuéntame, los de la dura postguerra; o de películas como La gran familia, en la que el papá de Chencho, aparejador él, tiene que andar de la ceca a la Meca para llenar las bocas de su numerosa prole. Un chico que, para obtener unos mil y pico euros mensuales, pasaba del gimnasio donde ejercía como profesor de aerobic a lo que se terciase, tipo jardinero paisajista o animador de fiestas infantiles.

Lo curioso, lo sintomático, lo notable de este reportaje era lo siguiente: quienes ganaban poco, lo justito –y aún menos que eso– se despachaban a gusto, con pelos y señales, sobre sus salarios… ¡Hasta el céntimo de euro, vaya! En cambio, cuando los periodistas intentaron obtener la misma información, la del sueldo, de los empleados de una multinacional, una reinona de los portales de Internet, ¡¡¡ni flores!!! Los tales empleados se iban por las ramas de lo bien que los trataban, de lo gratísimo que era su trabajo, de las consideraciones que la empresa tenía con ellos; pero, de la pasta que ganan, ni pío.

Comentando con una amiga los pormenores de este programa, coincidí con ella en el asombro, en la extrañeza. "Yo –me dijo– he vivido bastante tiempo en Norteamérica, y allí, la persona con la que hablas, aunque te conozca poco, te dice de inmediato cuál es su trabajo, la posición que ocupa en la empresa y el importe de su salario hasta el céntimo de euro… Profesión, cargo y sueldo son señas de identidad decisivas para los estadounidenses".

Los latinos, en cambio, no soltamos prenda sobre lo que ganamos salvo que sea muy poco –y, en ese caso, tras la confesión llega la airada o la justa protesta– o que estemos encuadrados en ese grupo más sociológico que económico que hemos dado en llamar "los mileuristas". El resto de la de rendición de cuentas es obligatoria y, en buena medida, secreta: la declaración de la renta.
¿A qué se debe este pudor latino, esta timidez entre nosotros, precisamente entre nosotros que tan poco modosos nos mostramos, por ejemplo, a la hora de contar con pelos y señales nuestras aventuras amorosas? ¿Por qué largamos tanto sobre el ligue y tan poco –o nada– sobre la nómina?

Cierto que, en estos tiempos, muchos descubrimientos sobre salarios, primas, incentivos, opciones sobre acciones, paracaídas de oro y otras sinecuras han sido motivo –¡y con razón sobrada!– de escándalo y condena. Y no sólo de condena moral… Demasiados ineptos y listillos se lo han llevado crudo dejando desplumadas a sus empresas y a los accionistas de estas.

Es verdad, también que, siendo la envidia el deporte nacional en muchos países, uno no se va a poner en el disparadero contando lo que gana a diestro y siniestro. Pero el salario justamente obtenido, la remuneración que nos pagan por un trabajo excelentemente hecho, el dinero que conseguimos con buenas artes –nuestra dedicación que puede llegar hasta el sacrificio; el esfuerzo; la lealtad; el ofrecer a nuestra empresa lo mejor de nosotros mismos– no tiene porqué avergonzar ni guardarse como un esqueleto en el armario. ¿Nos lo ganamos con el sudor de nuestra frente y el máximo rendimiento de nuestras neuronas? ¡Bien está! Si quien nos pregunta no pone ojos de curiosidad morbosa, se lo decimos y vale. Porque el obrero merece su salario. O sea: la sal y hasta la mortadela trabajosamente obtenidas.

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