Tópico

Muerte lenta

Publicado el 30-10-2009 por Pilar Cambra. Madrid

Lo confieso y vale: parte del siguiente texto se inspira en una experiencia que narré en mi blog (www.expansion.com; blog 'De calle')… Pero se trata de una metáfora tan, tan irresistible…

Recientemente pasé un fin de semana en el campo, en el campo levantino, en casa de mi prima hermana. Desde hace años, en su jardín lucían su donosura tres magníficas y frondosas palmeras. Sólo queda una. Las otras dos han sido devoradas, masacradas por el rhynchophorus ferrugineus, al que desde ahora llamaré por su nombre vulgar: el picudo rojo.

Y, en el viaje de regreso, en el tren, fui contando el número de palmeras agonizantes que iba divisando; al llegar a la cincuentena lo dejé a causa de la pena... Es una epidemia: el picudo rojo no conoce la compasión por estos árboles airosos, garbosos, signo y emblema de las felices tierras cálidas. El inevitable desenlace es que las palmeras, para evitar la propagación del picudo, deben ser taladas poco a poco y, finalmente, incineradas hasta la raíz.

El odio que siento por el picudo rojo me ha llevado a investigar sobre sus características, sobre su personalidad. Estos son algunos de sus rasgos:

•Aspecto ancho y macizo (como plenamente satisfecho de sí mismo y ufano de sus fechorías).

•Tiene el último nudillo de los tarsos con fuertes uñas ganchosas (como un avaro con su bolsa de doblones. Cuando hace presa no la suelta).
•Son buenos trepadores.

•Son de hábito sedentario y no suelen abandonar su habitat mientras exista alimento (chupa que te chupa).

•Realizan vuelos mediante los cuales colonizan (eso: que van de guays para atrapar nuevas víctimas).

•Atraen a otros individuos, lo que explica su carácter gregario (son peligrosos solos; en compañia de otros, temibles).

•Viven en el interior de la médula (lo más tierno y sensible de sus víctimas).
Y, mientras iba repasando los rasgos del picudo rojo, me iba diciendo: "¿a qué, a quién me recuerda todo esto?... Es como una metáfora tan, tan evidente..."

¡Exacto!: el picudo rojo es, al reino animal, lo que el jefe, el colega, el subordinado depredador a la especie humana encuadrada en la empresa; posiblemente, en todas las empresas. El picudo rojo que nos manda, que se sienta a nuestro lado, con el que convivimos (malamente) es ese ser que se vanagloria de sus fechorías, de sus prepotencias, de sus peleas con otros picudos, de la búsqueda descarada y desvergonzada de su propio interés con uñas y garras, de sus nepotismos, de su rapiña, de sus dentelladas en la yugular a adversarios y hasta correligionarios.

Si lo prefieren, llamemos al picudo rojo que somete a muerte lenta a sus subordinados, a sus camaradas o a sus jefes "el acosador". Porque lo es, naturalmente. Pero, ¡ojo!: no nos hallamos ante el acosador valentón y echao p’alante, sino ante el depredador sinuoso y solapado que goza y babea ante la agonía de sus víctimas, que sufren en silencio el lento roer del picudo en la médula de su dignidad, de su autoestima, de su serenidad.

El picudo empresarial disfruta como una hiena sembrando la desmoralización y la desunión; pone sus huevos en despachos y pasillos: aquí, una insinuación malévola; allí, una murmuración; acullá, una descalificación envuelta en el papel de plata del "me han dicho, aunque yo no lo creo"... Es más: al picudo rojo laboral casi le gusta más ir royendo con el silencio: jamás halaga, nunca anima. Es su mirada despectiva, cargada de veneno y de desprecio, la que infecta a las personas y al ambiente de la empresa.

Gracias a Dios, los seres humanos pertenecemos al mundo animal –racional, naturalmente– y no al vegetal, como las pobres e indefensas palmeras… Quiero decir que, a diferencia de los árboles, nosotros disponemos del don de la palabra para frenar los avances destructivos de los picudos que puedan asediarnos.

Primero: quitémosles las máscaras a los picudos y no les temamos. Ellos no son los más listos, los más capacitados, los más sobresalientes del equipo; y nosotros no somos los más ineptos y necios.

Segundo: por muy duro y lacerante que resulte, usemos el arma de nuestra palabra para batallar contra el maligno silencio del picudo… Porque este suele recular y rendirse en cuanto le sueltas cuatro verdades: "Tengo pruebas de que andas propalando falsedades… Me gustaría que me dijeras a la cara lo que andas susurrando por las esquinas… Todos sabemos lo que pretendes con esas miradas, con esa actitud de superioridad".

Y, finalmente, el consejo del clásico: el mejor insecticida para acabar con el picudo rojo laboral es enfrentarse a su desdén con nuestro desdén. Porque, a diferencia del insecto que masacra las palmeras de mi tierra, el picudo rojo laboral siente y puede padecer lo mismo que hizo sufrir a otros. Y, con suerte y novenas a Santa Rita, abogada de los imposibles, hasta puede arrepentirse y avergonzarse de su conducta. Casos se han visto, oigan…

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