
Publicado el 25-09-2009 por Pilar Cambra
Dos palabras… Sólo dos raquíticas palabras, pero que suenan como un grito de insurrección en el trabajo: 'No quiero'. Hay otras tres que también se las traen y que comportan riesgos.
Yo –con perdón por este "el burro (yo) delante para que no se espante"– tengo bien asumida mi ignorancia, mis ignorancias. He criado callo y conchas en mi susceptibilidad y me importa un bledo poner de manifiesto mis enormes e inabarcables lagunas de conocimientos. Y no porque posea una humildad franciscana, que se dice… El quid de la cuestión es que una de las definiciones más difundidas, populares y aplaudidas de mi oficio, el periodismo, está vertebrada, precisamente, sobre la ignorancia: "el periodista –se dice– es alguien que sabe un poco de todo y un mucho de nada". Exacto. ¡Bingo!
Esto no impide, sin embargo, que me pasme lo arduo que resulta ponerse someramente al día en un determinado número de conocimientos que parecen necesarios, incluso imprescindibles, para nuestra vida y para nuestro trabajo. La informática, por ejemplo, y toda la inabarcable gama de "cacharritos" que le sirven de soporte; servidora entra en una de esas tiendas en las que se expone todo el surtido de los más recientes productos electrónicos y comienza a sentir unos vahídos que son mezcla de impotencia y de vergüenza; ante ellos, la verdad, tengo que confesarme "analfabeta funcional"… Veo pantallas de todos los tamaños, teclados de las más variadas formas, características técnicas que me parecen fichas de los cohetes lanzados al espacio por la NASA… "Y esto, ¿para qué sirve?", pregunto anonadada… ¡Nunca debiste interrogar, forastera!: el dependiente o dependienta –normalmente muy jóvenes y sobradamente preparados en el manejo de los susodichos "cacharritos"– comienzan a largarme una lista interminable de funciones; suenan pitos y melodías; se encienden luces de todos los colores; meten una clave y otra y otra más para acceder a mundos reales o virtuales… Y yo me rindo sin condiciones; había entrado en la tienda para adquirir un adminículo cuyos servicios se redujesen a tres: oír, ver y hablar; y salgo del establecimiento con la convicción de haber sido abducida por un ovni, de haber tenido un encuentro en la tercera fase en el que ha quedado patente mi burricie, el abismo inmenso de mi ignorancia.
Y, cuando les doy un repaso a múltiples trabajos y profesiones –desde las más intelectuales a las más manuales; todas ellas nobles, útiles y loables–, me sumo en un pasmo similar a mi casi terror pánico ante los "cacharritos" electrónicos… La medicina, la albañilería, la ingeniería, la arqueología: todo lo que el hombres es capaz de hacer para ganarse el pan, toda vocación laboral se hace más y más compleja; la gama de conocimientos para desempeñar un currele de la mejor manera posible se amplía a velocidad vertiginosa. Por eso se habla, se recomienda, se impone –con toda la razón y justificación del mundo– la obligación de una "formación permanente"… Entre otros motivos porque en nuestro universo laboral actual, el que no se forma se deforma: se queda enanito, mentalmente paralítico, inerme a la vera del camino del trabajo.
Los más despreocupados por esto delas lagunas en los conocimientos y saberes necesarios para desempeñar oficios y labores suelen soltarte la gracieta, cuando te ven agobiado por tu ignorancia, del "¡no te preocupes: todo está en Google!" Y se quedan tan panchos y tan a gusto… ¡Pobrecillos frívolos!: el saber es mucho más y más profundo que la obtención de un dato, de una fecha, de una cifra, de una localización geográfica en un buscador de Internet… El saber es analizar, sintetizar, colocar en su contexto exacto, asimilar el dato, la cifra, la fecha: es hacer nuestro, neurona de nuestra neurona, lo que desconocíamos.
El problema, el gran problema, es que contestar –de frente y por derecho– "no lo sé" a una cuestión que nos plantean nuestros jefes, colegas o subordinados en el trabajo es una caída de diez –o más– puntos en la Bolsa de nuestra estimación profesional: es un desdoro y, con injusta frecuencia, una descalificación.
¿Y qué podemos hacer si no somos como los enciclopedistas de siglos pasados, si –por falta material de tiempo– se nos escapan los últimos avances en nuestra profesión?... Pues podemos hacer dos cosas: al humillante "no sé" añadir un inmediato y sincero "pero no tardaré en enterarme"; y, en segundo lugar, serenar nuestro turbado ánimo y discernir si el conocimiento que se nos demanda es esencial o accesorio, necesario o perfecta y totalmente inútil; o sea que, como sucede con los "cacharritos", debemos distinguir el botón que enciende los saberes imprescindibles de las "teclas opcionales"… Las de adorno, vamos.
De todos modos, no son estos tiempos para sestear prescindiendo del estudio y de la formación. Porque son sentencias probadas por la experiencia estas dos: "El que no avanza, retrocede"; y "si dijeres basta, estás perdido".