
Publicado el 18-09-2009 por Pilar Cambra
Parece que hay que prepararse para ello como para un combate de gladiadores en los circos romanos: entrenamiento, armas a punto, valor… Digo: para conseguir –o recuperar– trabajo…
Planteo, ¿vale?: ¿Contrataría usted –permanente o eventualmente– a una persona que se presentase a solicitar un puesto vistiendo una camiseta con un lema impreso que rezase, por ejemplo, "no me caen bien los empresarios"?... Visto desde la otra orilla: ¿Solicitaría usted un empleo calzando una camiseta en la que se leyera: "los empresarios, caca"?
"¡¡¡No, no y no a las dos preguntas!!!", responderían impetuosamente cuantos se dedican al noble y filantrópico oficio de dar esos consejos del tipo "la mejor indumentaria para ser contratado", "qué se debe decir y no se debe largar en una entrevista laboral", "las diez respuestas infalibles a las diez preguntas inevitables"… Creo que los consejeros gritarían un "¡no!" rotundo a las dos hipótesis –bastante descerebradas y extremas, lo reconozco– que he planteado al inicio, a las de las camisetas políticamente incorrectísimas.
Y, sin embargo… La persona que osase personarse ante un posible empleador así, gritando desde su pecho su postura contra el empresariado, tal vez fuera un loco, un imprudente, un estúpido… O tal vez no… Pero pienso que no podría negársele una cualidad sumamente importante en cualquier ocupación u oficio: la sinceridad. En suma: el tal personaje podría ser un maleducado; pero, desde luego, un maleducado sincero.
Moraleja: no te dejes engañar ni por las pieles de cordero ni por las de lobo feroz.
Hablo de este asunto porque, tal y como está de catastrófico y ruinoso el patio del empleo, se va multiplicando la panoplia de manuales del buen solicitante, del aspirante perfecto… Los decálogos que recogen los mandamientos para vencer en el empeño de conseguir empleo se hacen más y más exhaustivos, más y más pormenorizados. Ya no basta con los tradicionales "estudios", "experiencia", "dominio del arameo hablado y escrito". El aspirante perfecto debe reunir una serie casi infinita de condiciones que abarcan desde los sentimientos a la expresión oral, desde un grado astronómico de laboriosidad a una disponibilidad de tiempo total.
Y, además, el gladiator que entre en el circo para pelear por un trabajo será examinado de los pies a la cabeza… De ahí que se multipliquen las listas de cómo vestirse, cómo saludar, cómo sentarse, cómo levantarse, cómo preguntar (si es que está permitido preguntar), cómo responder, cómo despedirse. Me extraña que en esas listas no se haya incluido aún la recomendación de acudir a la entrevista de trabajo con los dientes bien limpios por si te tienen que someter a una revisión de la dentadura, como hacen los tratantes con los caballos…
No, en serio: no tengo nada contra ese poner toda la carne y el examen en el asador antes de conceder, hoy, algo tan infinitamente valioso y codiciado, escaso y peleado como un empleo. Pero aviso: el que un aspirante haya seguido al pie de la letra los consejos de los manuales, siendo mucho, no lo es todo. Y, tal vez, ni siquiera es lo más importante. Porque, insisto, cualquier lobo depredador puede disfrazarse perfectamente de corderillo y cualquier mona puede revestirse de seda para conseguir sus objetivos.
Creo completamente ocioso recordar que, efectivamente, un aspecto desaliñado, mugriento, sucio descarta sin más requilorios la posible contratación… Del mismo modo que una actitud autosuficiente, desdeñosa, de ir sobrado por la vida resulta inaceptable aunque vaya vestida de Armani.
Pero, ¿qué estamos buscando a la hora de ofrecer un empleo: maniquís o personas dispuestas a dejarse la piel por una empresa en tiempos difíciles?, ¿queremos picos de oro o tímidos cuya laboriosidad se intuye a simple vista?, ¿guaperas o trabajadores imaginativos y eficaces?... Y la cuestión decisiva: ¿Deseamos contratar o no, sencillamente, a buenas personas, personas cabales y honradas aunque lleven el nudo de la corbata mal hecho o se maquillen desacertadamente?
Se dice que "las apariencias engañan". No siempre; en ocasiones, la apariencia es el espejo del alma y de la capacidad laboral. Pero no se puede ni se debe fiar todo a las apariencias, a una representación perfecta de "soy el aspirante perfecto"…
¿Han pensado que una mirada en la que se trasluce veracidad y ganas de comerse el mundo vale más que cien repuestas bien aprendidas a la tópica pregunta "por qué ha elegido esta empresa para pedir trabajo"; o que una súplica no siempre equivale a cobardía o inutilidad?, ¿es posible o no posible que, tras una oratoria impecable, se enmascare un gran tramposo?...
Yo no soy quién para dar el mínimo consejo; pero, si lo fuera, diría al candidato: "Sé quién eres, lo mejor que eres". Y al empleador: "Hurga con uñas, dientes e inteligencia, con comprensión y paciencia hasta hallar la verdad de aquel que está frente a ti y descubre al lobo. O al cordero. Incluso al corderillo".