
Santiago Álvarez de Mon
Profesor ordinario del IESE
Publicado el 12-06-2009 por
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Toda crisis, sea económica, afectiva o física contiene unas posibilidades diferenciales de autoconocimiento personal y aprendizaje. En su paso sorpresivo, lo superfluo y accidental se retira, son momentos apropiados para rescatar y valorar lo que de verdad importa, aquello que nos define e ilumina.
Se revela una vez más como una maestra dura, implacable, inmisericorde, pero al fin y al cabo rica y pródiga en enseñanzas. Desde el punto de vista de la gestión de una carrera profesional, los últimos meses me están sirviendo para demostrar hasta qué punto la adversidad, si se mira de frente y se afronta, puede ofrecer magníficas oportunidades de crecimiento. Conozco varios profesionales abocados a dejar sus empresas, y que a la vista de la dificultad de incorporarse a otras firmas en condiciones razonables, han decidido emprender un proyecto por cuenta propia. De su posterior seguimiento y evaluación, extraigo los siguientes mensajes:
1. Todos han abandonado el paradigma de la seguridad y la certeza, aceptando la ley inexorable que gobierna nuestra vida: la incertidumbre. Ahora se están educando en la escuela del riesgo, la suya ha sido una apuesta que sólo el futuro sabe cómo acabará. La vida es una aventura, también en su faceta profesional, que requiere moverse por el alambre como consumados equilibristas.
2. Todos vienen ejercitándose en un gimnasio consagrado al músculo de la cabeza. Curioso. Esta sociedad que rinde culto al cuerpo se olvida de entrenar y trabajar las neuronas. La memoria es un buen ejemplo. Confiados a las calculadoras y a la agenda virtual, cada vez registra y retiene menos datos.
¿Qué tabla de ejercicios realizan diariamente los profesionales arriba referidos? Especialmente, flexibilidad y cintura. Todos ellos empezaron su viaje con un buen mapa, previa sesuda planificación estratégica, y uno tras otro han tenido que cambiar de ruta. Unos giros han sido más drásticos que otros, pero ninguno sigue el plan originariamente trazado.
3. Cuando dejan el gimnasio cerebral, se retiran a meditar lo que la vida les susurra. Son citas con ellos mismos, no necesariamente largas, pero intensas y edificantes. Se doctoran en humildad; constatan que tienen más dudas que soluciones, y honestidad; la realidad les obliga a chequear sus ideas con los contumaces hechos.
4. Abrazan el error como compañero inseparable de viaje. Sin elevarlo a la condición descalificante de fracaso, se familiarizan con él para sacarle todo el jugo.
5. Recorridos unos cuantos kilómetros, se ve que tienen alma de maratonianos. Antes impacientes y asustadizos, descubren los placeres de un paso firme, perseverante. En su caminata mantienen los ojos abiertos sin obsesionarles hasta dónde y cuándo llegarán, y descubren un paisaje que ha estado siempre ahí, esperándoles.
6. Ceñidos al presente, concentrados en las tareas que realizan, asumen su pasado, y se atreven a soñar un futuro libre e independiente. Desde su lógica comprenden que la intuición es una forma más profunda de pensar, que acontece cuando se está cosido al aquí y al ahora.
Por curiosidad y afecto les voy a seguir la pista, pero independientemente de sus logros y resultados más tangibles, la riqueza de su compromiso y decisión, frisando los cuarenta, merecía la pena ser contada.