Carmen Caffarel, directora del Instituto Cervantes
Publicado el 05-01-2009 por Montse Mateos. Madrid.
Optimista por naturaleza, Carmen Caffarel es una apasionada de la comunicación, el lenguaje y las personas. Cree firmemente en el trabajo en equipo como garante del liderazgo y confiesa que siempre reconoce sus errores, aunque algunos piensen que es una debilidad.
En el despacho de Carmen Caffarel (Barcelona, 1953), encima de un pequeño mueble situado justo a la entrada, hay una fotografía que transmite el sano sentido del humor de la directora del Instituto Cervantes. Aparece acompañada por su equipo: un puñado de caras sonrientes ataviadas con el cuello blanco escarolado que hiciera popular el autor de El Quijote.
Fue el regalo de sus colaboradores por su cumpleaños: "Apostaban a que no era capaz de ponerlo en el despacho", explica entre risas. Y si de regalos se trata, no duda un momento en pedir el suyo a los Reyes Magos como directora del Cervantes: "Que Obama nos llame pidiendo un profesor de español".
Y de eso, de enseñar y del idioma, Caffarel sabe de largo. Catedrática de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos y doctora cum laude en Lingüística Hispánica por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, Caffarel es una apasionada de la docencia, la comunicación y los medios.
Desde el pasado mes de julio dirige el Instituto Cervantes, un cargo que asume desde el sosiego que ofrece "representar a una institución muy querida y respetada, cuya labor no cuestiona absolutamente nadie". Algo que contrasta con su etapa en RTVE, donde fue directora general entre 2004 y 2007: "Fue muy duro, con un cambio de Gobierno traumático y para liderar una gran reforma". Antes estuvo en la universidad, 30 años vinculada a la docencia.
A lo largo de toda su carrera, ¿qué ha aprendido y qué ha enseñado?
- Siempre se aprende, y tener la oportunidad de ser espectadora sobre la evolución de las distintas generaciones de universitarios es un privilegio. La docencia es mucho más que impartir una materia. Es comunicar modelos de vida y de entender el mundo. Que yo vaya cumpliendo años y que ellos tengan siempre la misma edad, lo veo en positivo. Cuando te haces mayor, crees que entiendes a los jóvenes y no estás en interacción con ellos. Tener a alguien delante que te hace poner los pies en el suelo es muy gratificante.
¿Qué han aprendido los jóvenes en todos estos años?
Algunas cosas han ido a bien y otras no tanto. Se ha perdido la virtud de trabajar en equipo y de compartir. Ahora los estudiantes son más individualistas, como reflejo de la sociedad. Hace veinte años, los jóvenes acudían a nuestras titulaciones para adquirir un conocimiento que les permitiera cambiar la realidad que les rodeaba. Hablo de carreras como Sociología, Política, Comunicación... Ahora tienen menos interés en cambiar el colectivo y más en aplicar esos conocimientos como una herramienta de proyección personal.
¿Existe un exceso de liderazgo?
- Ellos piensan que individualmente pueden ser líderes, pero eso no lo comparto. Para tener éxito necesito rodearme de personas y compartir; siempre he tratado de fomentar la horizontalidad a lo largo de mi carrera, más que las jerarquías. Mis colaboradores, antes que directivos han sido personas de confianza y amigos con los que he compartido proyectos. El liderazgo emana de eso, de las relaciones con los otros.
¿Qué factores tiene en cuenta para seleccionar a su equipo?
- Que sean competentes, que valoren la comunicación, que sepan escuchar, que tengan buen humor y que sean personas positivas. Los problemas existen y cuando surgen hay que solucionarlos; no tirar la toalla.
¿Cómo controla el estrés en momentos difíciles?
- Me ayuda saber que puedo equivocarme y que no pasa nada. De hecho, reconozco los errores, aunque algunos de mis compañeros lo consideren una debilidad. También pienso que estoy haciendo lo correcto; y en tercer lugar, que forma parte de mi trabajo y que como tal es estresante, de la misma manera que puede serlo trabajar en una cadena de fabricación. Salvando las distancias claro, aquí tienes una proyección pública.
¿Se aprovechan las posibilidades que brinda el lenguaje?
- No, hablamos de más y y nos escuchamos poco. Muchas veces hablamos para llenar los silencios. Sin embargo, creo que la lengua no es el único elemento de comunicación. La expresión corporal, la mirada... Hay un aspecto de comunicación no verbal que a mí me sirve mucho.
- ¿Cómo cree que contribuyen la redes sociales al desarrollo y propagación de la lengua española?
- Permiten el intercambio y la comunicación entre las personas. De esa experiencia, la lengua española saldrá siempre enriquecida, con nuevos matices y capacidades.
Marshall McLuhan dijo eso de 'el medio es el mensaje'. Ahora que los medios nos inundan, ¿qué sucede con el contenido?
- Existe un exceso de informaciones de trazado grueso. Tenemos tantos contenidos y accedemos a tal multitud de medios que a veces no se profundiza. En los periódicos se repite la misma información... Cada vez más, el periodista es un asalariado, un freelance que tiene que cumplir unos objetivos. A menudo cuenta con tantas fuentes de información que le cuesta discernir lo que aporta valor.
- ¿Cree que las organizaciones utilizan el diálogo como medio para dar salida al pluralismo y la diversidad?
- Creo que lo intentan. En este sentido tenemos todo lo que tiene que ver con responsabilidad social que cada vez se valora más. No obstante, pienso que en las empresas aún no ha calado el concepto. Cuando se trata de llevarlo a la práctica te puede la estructura de la organización.
- Ha pasado de ser espectadora del lenguaje y los medios a formar parte de ellos...
- El cambio más espectacular fue mi paso por RTVE. En la docencia proyectamos un modelo ideal de televisión y poner en práctica algunas cosas que he defendido siempre era un reto. Pero de repente te das cuenta de que no puedes, porque existen otros factores que te lo impiden. La guerra de las audiencias y de los contenidos en la televisión pública es muy difícil de conciliar. Es bueno tener cierto grado de utopía e idealismo, pero también hay que poner los pies en el suelo.